Relato: Jaque al Rey

Negro no era un rey cualquiera. Desde que podía recordar, siempre había pensado que el propio planteamiento de las estrategias del juego estaba mal. No porque no funcionaran ni fueran efectivas. Era una cuestión moral, de honor. Todas las estrategias que había conocido hasta el momento se basaban en la cobardía. El rey debía permanecer bien oculto, dirigiendo a sus tropas hacia una muerte segura con el único objeto de subyugar al monarca rival y hacerse con su cabeza. Todo ello desde la seguridad de su enroque tras la torre, y su guardia personal de caballos, alfiles y peones.

Lo que peor le parecía, con diferencia, era el papel tan peligroso que había de ejercer su esposa, la Reina. No era una cuestión de machismo, defecto que Negro tenía más que superado, o más bien nunca había formado parte de su ser. Porque él creía en la igualdad de todas las piezas, desde el último peón al Rey, figura que él mismo encarnaba.

Pensaba en estas cosas, cavilando en nuevas estrategias honorables durante largo tiempo, esperando que la mano del destino tuviera a bien elegirle para llevar a cabo la batalla definitiva donde impondría su manera de jugar al juego de la muerte. Al ajedrez.

El día no tardó demasiado en llegar. Seguía sumido en sus pensamientos sobre estrategias cuando de repente le alcanzó una luz cegadora, acompañada del sonido chirriante que siempre hacía el cielo negro cuando se abría. Ahí estaban las manos del destino, que fueron tomando una a una a las piezas de su ejército y el ejército enemigo para hacerlas ocupar sus lugares en el campo de batalla. Cuando le llegó el turno estaba más exultante que nervioso. Sabía que podía ser su última batalla, pues la estrategia que había ideado resultaría audaz y peligrosa. Pero merecería la pena morir por tener una oportunidad de cambiar las cosas.

Blanco movió primero, adelantando un peón. Lo esperado. Él hizo lo propio, dando la orden a uno de los suyos para que dejara abierto un espacio por el que él mismo podría empezar a moverse. Siguieron varios movimientos rápidos por parte de ambos ejércitos. Blanco hacía un despliegue de lo más ortodoxo, adelantando líneas de peones mientras las figuras amenazantes de caballos y alfiles se movían de acá para allá. Negro fue avanzando paso a paso, escoltado por su Reina.

Pronto se dio cuenta de que estaba cansado desde el principio de la batalla, y no podía seguir los gráciles movimientos de ella. Cometió un error, y su amada lo pagó con su vida. Un simple peón, un campesino, consiguió ponerle en jaque. La Reina acudió, rauda, a su rescate, pero para ello tuvo que situarse en una posición vulnerable. Fue de inmediato atravesada por la lanza de un caballero que apareció saltando por encima de la fila de peones enemigos.

«Esto es culpa mía, amor. ¿Qué he hecho?», pensó Negro, sabiendo que ya era tarde para lamentarse. La complicada situación en la que se había metido por voluntad propia pronto se tornó desesperada, y muchos otros fueron cayendo en cruenta batalla intentando salvar a su rey. Pero no tardaron en darse cuenta de que sería en vano.

Tras la muerte de su último caballero, Negro se percató de que una figura muy alta y blanca, brillando contra la luz del sol incandescente, estaba a apenas un par de pasos de él. Era Blanco, que venía a darle el golpe de gracia. Negro estaba completamente rodeado por una Reina, un caballo y dos peones. No podía moverse sin ponerse en jaque. Así, el último movimiento de Blanco fue definitivo. El Rey enemigo sonrió con suficiencia antes de tomar su cabeza.

El juego de la vida y la muerte había terminado con una masacre como nunca antes se había visto.

Negro recobró la conciencia una vez las manos del destino lo habían depositado amorosamente en su oscura tumba, y cerrado el cielo una vez más para bendecirlo con el abrazo de la oscuridad. Oscuridad y silencio para pensar en sus errores. Entonces llegó a una conclusión. Es verdad que nadie escribe sobre los cobardes. Quién sabe, quizá su derrota de hoy fuera motivo de un cantar de gesta o un poema épico en un futuro lejano. Pero lo que estaba aún más claro es que ningún valiente sobrevive, ni para escribir sobre otros valientes, ni para escuchar lo que se escribe en su honor.

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