Relato: La ruleta de la muerte

‒¡Señoras, señores y niños! ¡Sean todos bienvenidos a…!

‒¡La ruleta de la muerte!

La introducción del presentador fue respondida con entusiasmo atronador por parte de un público que conocía de sobras el guion. El engalanado conductor del programa lucía una sonrisa más propia de una calavera, que ocupaba la mitad de un rostro que parecía de cera. Tras él apareció su neumática compañera, con gesto idéntico sobre un cuerpo mucho menos cubierto. Si hubiera quedado algún músculo con motricidad en la cara de él probablemente habría sido posible cazarle echando alguna mirada furtiva al escote por el que asomaban los enormes globos de silicona de ella.

‒¡Hoy tenemos con nosotros a Laura, de Cuenca, y a Tomás, de Cádiz! ‒dijo la mujer, dirigiéndose a los dos concursantes.‒ ¡Un fuerte aplauso para los dos! ¿Quién de ellos se alzará con la victoria en…?

‒¡La ruleta de la muerte! ‒gritó de nuevo el público a coro. Hoy había más niños que de costumbre, pues habían recibido la visita escolar de varios grupos de primaria de un colegio de Toledo.

‒Como siempre ‒siguió el presentador‒, tenemos a nuestros dos condenados del día. ¡Recibamos con un fuerte abucheo a Osama y a Julian, los enemigos de la libertad de hoy!

Se abrió una puerta en un foso situado bajo la ruleta, y un guardia con la complexión de un ropero de tres puertas, vestido con bata y casco, condujo a empellones a dos presos engrilletados. Vestían uniforme naranja, y cada uno de ellos llevaba puesta una careta de goma: uno de Bin Laden, y otro de Julian Assange. El primero era claramente más alto y atlético que el segundo. Ahora el público estalló en una algarabía ensordecedora de abucheos. Un cartel luminoso se encendió en alguna parte, fuera de cámara, y la fruta podrida empezó a golpearles. Algunos trozos hicieron blanco en el guardia, que miraba al respetable con expresión de pocos amigos. Para algunos intentar darle era parte del juego.

‒Laura, tú empiezas. ¿Con quién te quedas?

‒Hummm me quedaré con Osama.

‒¡Perfecto! Entonces Julian para ti, Tomás. ¡Demos comienzo a…!

‒¡La ruleta de la muerte!

La hora siguiente consistió en un concurso de preguntas, respuestas y apuestas. Lanzando la ruleta, se proponían una serie de preguntas a los concursantes, principalmente de cultura general. Cada respuesta acertada por un concursante le reportaba una cantidad de dinero, que luego podían apostar en diferentes juegos competitivos de habilidad que debían llevar a cabo los condenados. Bin Laden resultó estar en mucha mejor forma que Julian Assange. Este último se movía con la parsimonia y precaución propias de una mujer de edad ya avanzada que temiera romperse un hueso. Tuvieron que saltar a la comba, pasar bajo alambres de espino electrificados, recibir el ataque de perros entrenados, extraer una serie de objetos de un nido de hormigas de fuego con las manos desnudas, entre varios divertidos juegos más. Cada caída, cada herida, cada padecimiento, eran recibidos por fuertes risas y aplausos por parte del público. Los niños eran los más entusiastas.

Laura llegó a la última ronda con una gran ventaja de puntos sobre Tomás. En el foso, Osama parecía aún fresco, mientras que Julian descansaba despatarrado contra un muro. Su dificultosa respiración podía oírse por encima del clamor del público y el ruido del concurso. Sus brazos habían alcanzado un grosor y unas proporciones que hacían recordar a un Popeye pustuloso.

‒¡Bienvenidos a la gran final! ‒dijo el presentador. Una hora después, la sonrisa seguía exactamente igual, como si su cara también fuese una careta y no obra de la naturaleza y el bisturí ‒. Como siempre, consistirá en una ronda especial de doble o nada. O bien, Laura, puedes plantarte y pedir clemencia para tu condenado. ¿Qué vas a elegir?

‒Bueno, hemos venido a jugar, ¿no? ‒dijo Laura entre risas‒. ¡Vamos al doble o nada!

El público recibió su decisión con un vocerío incluso más fuerte.

Laura giró la ruleta con desgana, cansados sus brazos tras una hora de concurso.

‒Osama tendrá un… ¡machete! ‒dijo, alegre, la presentadora.

Luego hizo girar la ruleta Tomás, y la suerte determinó que Julian debía defenderse con un mondadientes. Los asistentes respondieron con grandes carcajadas.

El desenlace de la ronda final fue el esperado. Un Bin Laden salpicado de sangre hiperventilaba junto al cadáver mutilado de Assange. La careta de este último se había desplazado lo suficiente para poder entrever el rostro de la anciana que había debajo.

Los dos presentadores y los concursantes se reunieron junto al foso, aplaudiendo al vencedor. Tomás parecía contrariado, aunque intentaba lucir una sonrisa de compromiso.

‒¡Un fuerte aplauso para Laura, que se lleva un total de ochomil euros y un patinete eléctrico! ¡Y otro para Tomás, que se vuelve a casa con trescientos euros y el juego del programa! Y a todos ustedes, incluido Osama, les esperamos mañana, en el mismo canal, a la misma hora, para una nueva edición de…

‒¡La ruleta de la muerte!

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