Relato: Un lecho de posidonias

Caminante sobre un mar de nubes – Gaspar David Friedrich

Te echo mucho de menos. Sé que no estarías orgullosa de lo que acabo de hacer, que de haber podido me habrías convencido para que no llevara a cabo mis planes. También sé que me habrías perdonado. Siempre lo hacías. No importaba lo lejos que fuera, tu perdón y fidelidad siempre habían sido mi único valor seguro. A cambio lo único que podía ofrecerte era mi amor. Nunca he sido un buen hombre, ya lo sabes. No había conocido amor ninguno, ni dado ni recibido, hasta que te conocí a ti. Si alguna vez he tenido la capacidad de amar, tú has sido la única destinataria. Todo el amor que he podido sentir en la vida ha sido para ti. Me gusta creer que gracias a ti llegué a enderezarme un poco. Ahora todo se ha torcido, claro. Lo más doloroso que me ha pasado jamás es tener este convencimiento de que ya es tarde para volvernos a ver. Tú estarás descansando con tus seres queridos en el cielo, mientras yo acabo de terminar de echarme encima la losa que me condena al infierno.

No sé si desde ahí arriba habrás podido enterarte de lo que ocurrió. El único consuelo que me queda es la esperanza de que tus últimos momentos aquí en la tierra fueron rápidos e indoloros, y no te permitieron enterarte de nada. Supongo que ahora ya el conocimiento de lo que pasó aquella noche no podrá hacerte ningún daño. A mí me ayudará contarlo todo en voz alta. Escucharme será el último favor que te pediré.

Aquella noche, por un maldito capricho del destino, cenamos en mi casa en lugar de en la tuya, como hacíamos habitualmente. Hicimos planes de formalizar lo nuestro, y se lo contamos a mi madre. Ella había preparado una sopa especial de pescado para celebrarlo, y nos dio consejos sobre la manera de informar a tus padres de lo nuestro. Ellos conocían mi reputación. Todo el mundo en el pueblo sabía de las actividades alternativas de la cofradía de pescadores. Cofradía de pecadores, decían muchos.

Me ofrecí a acompañarte, de forma insistente, pero rechazaste todas mis proposiciones. Debía quedarme con mi madre y hablar con ella a solas, dijiste. Total, apenas quinientos metros separaban nuestras casas, un pequeño paseo junto al mar. Pero otro capricho del despiadado destino quiso ordenar las piezas de la manera en que lo hizo esa noche. No te diste cuenta de que algo iba realmente mal hasta que estuviste demasiado cerca. Creo que fue un negocio que se torció. Esa noche habían pescado unos cuantos fardos, y ahora algunos se habían reunido con un cliente bajo el amparo de las sombras de la lonja, junto al puerto. Un repentino reflejo de la luna bajo una hoja de acero larga y fina, un ahogado gemido de dolor, y un hombre cayó muerto. Fuiste la única testigo, y gritaste de espanto. Ni siquiera intentaste huir. Quiero creer que no te reconocieron en las tinieblas de la noche, y que la segunda y última puñalada, la que atravesó tu corazón, fue tan rápida y certera que apenas llegaste a sentir dolor. Al menos así me lo contaron días después, cuando todo se calmó un poco.

Me dijeron que habían arrojado tu cuerpo al mar, que descansabas entre el coral y las posidonias, bajo el acantilado donde ahora te hablo. Ahí abajo el mar es demasiado bravío para comprobarlo, así que me conformo con creerlo. Todos en la cofradía sabían que había algo entre nosotros. Alguno incluso me dijo que lo sentía, que no sabían quien era. Que pensaron que eras una puta del puerto, y que las putas pueden tener la lengua muy larga. Tuve que contener mi propia lengua durante los días que siguieron, mientras ideaba un plan. Tengo que pedirte disculpas por las cosas que mi sucia lengua dijeron esos días, aunque sólo lo hiciera para mantener la ficción de que todo estaba bien. No las repetiré por no manchar más tu nombre. Simplemente diré que les convencí de que no me importó en absoluto, al contrario, me hicieron un favor porque no sabía cómo librarme de ti. Como nunca he sido un buen hombre, no fue difícil.

Ya estaban completamente convencidos cuando me decidí a llevar a cabo mi plan. Tomé varias tabletas de somníferos de mi madre, los machaqué bien y los mezclé en un barril de moscatel que sabía que se iba a abrir esa noche para celebrar el cierre de un buen negocio en la nave de la cofradía, al final del puerto. Ya sabes que lo mío es la cerveza, y que el vino me da ardores, así que nadie sospechó cuando fui el único que no probó el barril. Para medianoche estaban todos lo bastante borrachos y adormilados como para tampoco sospechar cuando me excusé para salir a mear y ya no regresé. Tampoco notaron que había reordenado los bidones de gasolina, ni que eché la llave de la única puerta por fuera, y la rompí de un manotazo, para que fuera imposible de abrir sin derribarla. Y contaba con que estuvieran demasiado débiles para hacerlo.

No sé si desde tu cielo puedes ver la ruina negra en que se ha convertido el local de la cofradía de pecadores esta misma noche. El olor a quemado es intenso incluso aquí arriba. Veintidós hombres de los veintitrés que éramos han muerto, y al último no le queda mucho. Soy un proscrito, y no tardarán en venir a por mí.

Ahora, con mis piernas colgando sobre el vertiginoso abismo, con las olas del mar que se convirtió en el lugar de descanso eterno de tu amado cuerpo rompiendo furiosas contra las rocas al fondo, te digo adiós. Lamento que no nos volvamos a ver, porque mi sitio está con esos veintidós desgraciados a los que he enviado al infierno. Pero quién sabe, quizás dentro de mucho tiempo tenga la oportunidad de expiar mis pecados y me reúna contigo, como mi cuerpo va a reunirse con el tuyo en tu lecho de posidonias. A esa esperanza me agarro cuando doy el último paso adelante, y las olas rompientes se acercan para abrazarme.

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