Relato: Cucarachas (I)

Clara se presentó temprano a su cita con la casera, y comprobó que ésta aún no estaba allí. Había llegado a la ciudad apenas dos horas antes, en autobús, cargando sólo una pequeña maleta con ruedas con un par de mudas y unas sábanas limpias. Su contrato de interinidad de un mes de duración le obligaba a incorporarse mañana mismo. Eran unas condiciones muy poco favorables teniendo en cuenta el carácter de destino turístico de Sevilla en primavera, pero, por un golpe de suerte, había conseguido encontrar un apartamento que podría adaptarse a sus circunstancias particulares. Por las fotos del anuncio, demasiado borrosas, esperaba que fuera algo pequeño y viejo, pero la mensualidad entraba dentro de lo que podía permitirse, y además estaba bien situado, prácticamente en el centro, al lado del río. En cualquier caso, no podía renunciar al llamamiento porque perdería su lugar en la bolsa de profesores, por el que llevaba años luchando, así que allí estaba.

El pórtico de entrada coronado con un gran arco y franqueado por un deslustrado enrejado de hierro forjado evidenciaba su pasado como corral de vecinos, hoy dividido en pequeños apartamentos. Desde fuera podía verse que el patio estaba salpicado de varios montones de arena y cemento. Debían estar haciendo obras en alguno de los apartamentos. “Espero que no me molesten demasiado para estudiar por la tarde”, pensó. La fachada parecía haber vivido tiempos mejores, con huecos aquí y allá en el encalado y salpicada de manchas de toda clase en su superficie, que en algún lejano momento habría sido blanca. Las rejas de las ventanas del primer piso necesitaban un buen pintado, pues lucían medio oxidadas. Mientras miraba hacia los pisos superiores, distraída, oyó como se abría la puerta de rejas con un chasquido, seguido de un prolongado chirrido de óxido. Por ella salió una pequeña anciana, vestida de riguroso luto. Todo en ella parecía antiguo, vetusto. Su extrema delgadez y el tono grisáceo de la piel de su cara hacían parecerla salida de una foto de la España de posguerra. Pasó por su lado con un siseo de alpargatas al arrastrarse mientras Clara la miraba de soslayo, dejando un olor extraño a su paso. Olor a humedad, con algo de la fetidez de las aguas estancadas. “Ese vestido enlutado no ha visto de cerca el jabón desde que se inventaron las lavadoras eléctricas”, pensó, sintiéndose de inmediato un poco culpable. Cuando se dio la vuelta para ver si su casera aparecía al fin, la anciana había desaparecido.

Cinco minutos más tarde volvió a escuchar el mismo sonido de pies al arrastrarse, esta vez acercándose a su espalda. Al girarse comprobó que la anciana volvía en su dirección, pero esta vez se detuvo frente a ella, para a continuación mirarla de hito en hito con ojos turbios, las pupilas aparentemente opacadas de cataratas. Clara casi se sorprendió de que pudiera ver al menos lo suficiente como para caminar de forma tan decidida. Cargaba un capazo cargado de verduras, de apariencia muy pesada.

-¿Puedo ayudarla en algo? -dijo Clara, incómoda por el escrutinio al que estaba siendo sometida. La anciana aún se tomó unos buenos diez segundos antes de contestar.

-Usted debe ser Clara, ¿verdad? -dijo la mujer, con voz aguardentosa.

-Verdad -respondió ella -. Y supongo que usted debe ser Manuela. Hemos quedado para ver un apartamento que alquila.

-Eso es, eso es – respondió la anciana -. Vamos dentro, pues. Perdona que no te dijera nada antes. Como era temprano, aproveché para ir a comprar unas cosas antes de esperarte aquí. Yo vivo en el mismo patio, justo enfrente del piso que vas a alquilar, ¿sabes? -hizo un pequeño gesto de dolor, contrayendo el brazo sobre cuyo hombro cargaba el capazo -. Oye, ¿te importa ayudarme con esto? Así puedo abrir la puerta. Y de paso así te digo cuál es mi casa, para lo que necesites, ya que vamos a ser vecinas.

Una vez más, Manuela consiguió incomodar a Clara, en esta ocasión por la aparente convicción de que la formalización del contrato era un hecho, y la visita una mera normalidad. Casi como si la estuviera obligando a quedarse con el piso.

-Claro que sí, Manuela. Traiga -dijo, mientras tomaba la cesta y se la colgaba de su propio hombro. En efecto, era tan pesada como aparentaba. Se preguntó cómo la diminuta anciana podía cargar con ella.

Manuela abrió el portal con una llave que eligió de una argolla que parecía tener decenas de ellas, y le indicó que dejara la cesta junto a una puerta. El patio tenía forma rectangular, con el arco de entrada situado en uno de los lados menores. Había tres puertas y tres ventanas en cada una de las aristas mayores, y una escalera que conducía al corredor del primer piso en la pared más lejana. Bajo cada ventana había un pequeño parterre de un metro cuadrado, aunque en ninguno parecía haber nada plantado. El primer piso tenía una distribución similar, con seis puertas situadas frente a frente en grupos de tres en un corredor abalconado. Allí dentro, Clara podía notar un ligero olor a humedad como el que desprendía la anciana. Comprobó que, en efecto, parecía que estaban haciendo obras en alguno de los pisos, porque junto a los montones de arena había una pila de ladrillos y algunas herramientas diseminadas aquí y allá. Además, había basura, envoltorios y toda clase de recipientes usados por ahí tirados. Clara esperó que el caos se debiera a las obras, no a vecinos problemáticos. La anciana pareció leerle el pensamiento:

-No te preocupes por el desorden, hija. Ahora mismo con las obras esto está un poco manga por hombro, pero los vecinos son buena gente y muy civilizados -dijo mientras avanzaba en dirección a la puerta situada frente a la que le había indicado para dejar la cesta. Llamaba la atención la agilidad con la que se movía, pese a ir arrastrando los pies. Se detuvo al llegar a la puerta -. Y ya hemos llegado a tu nueva casa. Bueno, si decides quedarte, claro.

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-Claro -respondió Clara, sin saber muy bien qué más decir. Se sentía un poco tonta, como si por un momento se hubiera sentido intimidada por la inocente y pequeña mujer. Sin embargo, no podía evitar pensar que había algo extraño en ella. Algo en su forma de moverse, o de hablar. Como si algo no fuera correcto, o se comportara de manera sospechosa, pero no podía decir de qué se trataba.

Manuela eligió con presteza otra llave de la argolla, la introdujo en la cerradura y le dio dos vueltas, no sin esfuerzo. La cerradura emitió un chasquido oxidado al girar que hizo dar un respingo a Clara. Le pareció ver un atisbo de sonrisa en la cara de la anciana en respuesta a su sobresalto, pero no podría asegurarlo. Abrió la puerta, y el olor a humedad se hizo mucho más fuerte.

-Espera que abra la ventana para ventilar un poco antes de entrar -dijo Manuela -. Estas humedades son normales tan cerca del río, y más en una planta baja. Pero no te apures, dejándolo ventilar un poco ni te darás cuenta -dijo, mientras desaparecía por el oscuro umbral.

Medio minuto después, la ventana enrejada situada a la derecha de la puerta se abría con un largo plañido de metal oxidado. La anciana volvió a aparecer en la puerta y le hizo gestos para que entrara. Ella se acercó a la puerta, con pasos dubitativos. A cada uno que daba el olor se hacía más intenso. Ahora sentía también esa ligera fetidez de agua estancada que le había parecido percibir en su primer encuentro con la anciana. Cuando cruzó el dintel de madera mohosa, el tufo era casi insoportable. Manuela debió notárselo una vez más, probablemente estaría arrugando la nariz con desagrado, pues hizo un gesto quitándole importancia.

-De verdad, el olor se irá en un ratito, tú no te apures, criatura -dijo con voz cariñosa. A continuación, señaló una cajita de madera situada a media altura en la pared, junto a la puerta -. Mira, aquí está el cuadro de luces. Los subimos todos para arriba y ya está -. Apenas eran tres, y al subir el segundo de ellos una triste luz volvió a la vida, iluminando apenas la estancia. Estaban en la pequeña habitación que hacía las veces de recibidor, sala de estar y cocina. En la pared de la puerta estaba la pequeña cocina, el fregadero justo bajo la ventana. “Al menos tendré vistas mientras friego los platos” -pensó Clara con sarcasmo, atisbando los montones de arena y la basura diseminada por el patio desde la ventana. Junto a otra pared descansaba un sofá de aspecto barato pero bastante nuevo, y una mesa de camilla desnuda con un par de sillas. Una pequeña mesita con un televisor antiguo, una nevera, una lavadora y una estantería vacía completaban el mobiliario. La única iluminación artificial provenía de una bombilla desnuda en el techo. En otra pared había dos puertas cerradas. Había algunas manchas de moho verde en las paredes, a la altura de los pies. No sabía si era sugestión, deseo o realidad, pero de verdad parecía que el tufo comenzaba a remitir. O quizás simplemente se estaba acostumbrado rápidamente a él.

-Bueno, bienvenida a tu nueva morada. ¿Verdad que el olor ya se está yendo? -dijo Manuela, y Clara asintió con la cabeza -. Mira, yo sé que no parece gran cosa, pero estarás bien aquí. Y está muy bien situado, ¿verdad? -Clara volvió a asentir -. Y no te preocupes por las humedades, luego te traeré un par de cacharritos de esos que la absorben del ambiente. Con eso y ventilando bien, mañana mismo ni te acordarás de que olía a humedad.

La mujer terminó de enseñarle el apartamento y la dejó sola cinco minutos, para que se lo pensara, mientras iba a su casa a buscar los deshumidificadores. Las otras puertas conducían a un pequeño dormitorio sin ventanas, con solo una cama y un armario, y un diminuto cuarto de baño. El olor en estas estancias era aún mayor que en el salón, especialmente en el baño, así que dejó las puertas abiertas y volvió al salón. Palpó el tapizado del sofá, comprobando con alivio que estaba seco a pesar de la humedad del ambiente, pero no se atrevió a sentarse hasta que le pusiera una funda o al menos una sábana. El tapizado de las sillas era de imitación de cuero, así que retiró con la mano la fina capa de polvo que cubría una de ellas y se sentó. Bueno, al menos era cómoda. ¿Qué debía hacer? El apartamento era un cuchitril, tenía mal aspecto y olía peor. Pero probablemente el problema de los olores podía solucionarse fácilmente ventilando y combatiendo la humedad. Además, sería sólo un mes, y no había podido encontrar una alternativa a un precio que pudiera permitirse. Seguramente con un par de adornos y unas flores acabaría teniendo un aspecto acogedor. O al menos no tan desagradable.

En esos pensamientos andaba cuando Manuela volvió a aparecer, preguntándole si había tomado una decisión. La respuesta de Clara fue afirmativa.

-Pues, ahora sí, bienvenida a tu casa, niña. Para cualquier cosa, me tienes en la puerta de enfrente.

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