Cucarachas (II)

Una hora más tarde Clara volvía al apartamento cargada de bolsas. Tras pagar la fianza y el mes de alquiler a Manuela, decidió dar un paseo por el barrio mientras la casa se terminaba de ventilar por la ventana abierta y los humidificadores (dos cajitas de plástico perforado con bolsitas de material absorbente) hacían su trabajo. Le alegró comprobar que había toda clase de comercios cerca, incluido un supermercado y varios bazares. Así, regresó con una bolsa llena de comida y otra con un par de jarrones baratos, flores de plástico, tres ambientadores y unos pequeños portarretratos con frases motivadoras. El viejo y mohoso apartamento pronto parecería un hogar. Abrió la puerta de entrada al piso con cierta dificultad y un estridente crujido, encendió la luz (“mierda, tenía que haber comprado una bombilla más potente, una de esas de led”, pensó) y dejó las bolsas en la mesa. En efecto, el olor a humedad ya era mucho más tenue. En cuanto pasara un rato más y pusiera un ambientador en cada estancia, ya apenas se notaría. O eso esperaba. Se dirigió al dormitorio para instalar el primero de ellos, cuando un desagradable crujido bajo sus pies la hizo detenerse. Acababa de pisar algo. “Por favor, que no sea un bicho, que no sea un bicho”, pensó. Retiró el zapato con cuidado y una mueca de asco, para comprobar que sus temores eran fundados. Había pisado un bicho, en concreto una cucaracha. El desdichado insecto había quedado completamente despanzurrado, sus vísceras blanquecinas aplastadas alrededor del cuerpo quebrado. Sin embargo, sus patas y antenas aún se movían, como acto reflejo o como patético intento de aferrarse a una vida que ya no era compatible con su actual y lamentable estado. Presa del asco, Clara se retiró agitando las manos en dirección al baño, reprimiendo arcadas. Nunca había podido soportar los insectos, y de entre toda la amplia variedad existente, las cucarachas estaban sin duda en la cúspide de su particular pirámide del asco. Se inclinó sobre el lavabo y no se atrevió a retirarse hasta que los espasmos del diafragma remitieron por completo. Volvió la vista al salón, viendo lo que desde aquella distancia era apenas una manchita negra e indefinida en el suelo. Se estremeció sólo de pensar en que tendría que recogerlo. Si los insectos en general y las cucarachas en particular le producían un asco insoportable, una destripada traspasaba por mucho su umbral de tolerancia. Y sin embargo no le quedaba más remedio que limpiar el estropicio. En el pasado siempre había tenido quien le solucionara esas situaciones comprometidas, generalmente su hermana mayor, o su exnovio, Ramón, el corto tiempo en que vivieron juntos. Pero ahora ya era una mujer independiente y tenía que librar sus propias batallas. Incluso si esas batallas significaban recoger los restos aplastados de una asquerosa cucaracha del suelo de su nuevo apartamento.

-No es más que un bichito, Clara – dijo en voz alta, para infundirse valor -. Uno gordo y asqueroso, pero está muerto, muy muerto, y tú misma lo has matado. Así aprenderá -siguió, mientras se dirigía de vuelta al salón.

Extrajo un rollo de papel de cocina de una de las bolsas sobre la mesa, y desenrolló un buen montón de papel. Haciendo de tripas corazón, puso el montón de papel encima del insecto moribundo, que aún se movía débilmente, y lo envolvió asegurándose de recoger toda la porquería que había escapado del caparazón roto. De repente un pensamiento hizo que un escalofrío le recorriera la espina dorsal. ¿Y si no era la única? Aquí todo parecía viejo y mohoso, no sería raro que hubiera más asquerosos bichos viviendo debajo de los muebles de la cocina, o tras la estantería. Puso sus esperanzas en la ventana abierta. “Seguro que se ha colado por la ventana. Antes no estaba, ha aparecido cuando he dejado la ventana abierta. Blanco y en botella”, pensó, tratando de consolarse. “Blanco como las tripas de una cucaracha”, pensó otra parte de ella, y volvió una vez más una mirada asqueada a la bola de papel que llevaba en la mano. Corrió hacia el baño y la arrojó en el retrete. Pulsó el botón de la cisterna y comprobó, alarmada, cómo la taza empezaba a llenarse de agua. La bola de papel era demasiado grande y había atascado la tubería. Por suerte, el depósito terminó de descargar antes de que el nivel del agua rebasara el borde de la taza, que ahora estaba llena de trozos de papel y algún que otro pedacito oscuro de algo que Clara prefería no pensar en qué podía ser. 

-Piensa, Clara, piensa -dijo en voz alta, otra vez -. ¿Cómo podemos arreglar este estropicio?

Miró detrás de la taza del retrete y obtuvo la respuesta que esperaba: allí estaba la escobilla del retrete. Estiró la mano para tomarla por el mango, pero la retiró al sentir un súbito acceso de asco instintivo. Si el apartamento en general estaba como estaba, ¿en qué estado podría encontrarse la puñetera escobilla del váter? Volvió al salón y sacó un par de guantes de goma de una bolsa. Pensaba usarlos para fregar, pues era de piel delicada, pero esto era una emergencia. Con los guantes puestos se sintió lo suficientemente aislada como para atreverse a coger la escobilla. La levantó sin darse cuenta de que también se trajo el escobillero, que vino a desprenderse a mitad del recorrido, salpicando al golpear contra la losa del suelo. Llena de repulsión, comprobó que tanto las cerdas de la escobilla como el fondo del escobillero estaban cubiertos de una materia negruzca, pura podredumbre, sobre la que se retorcían pequeños gusanos blancos. Comprobó horrorizada que algunos habían terminado sobre su camiseta y sus brazos, donde se movían de forma caótica. Ahora no pudo reprimir una tremenda arcada, y se inclinó hacia el lavabo para vomitar. Cuando los espasmos hubieron remitido un poco, se quitó la camiseta a toda prisa y la arrojó hacia una esquina del baño, y a continuación metió medio cuerpo en la bañera para frotarse los brazos, el torso y la cabeza bajo el agua helada de la ducha.

Una vez se sintió menos sucia, y con una determinación que sólo da la desesperación, se lanzó hacia el retrete e introdujo un brazo enguantado en la taza, dispuesta a deshacer el atasco de una vez. No le llevó más que unos segundos. Con un sonido de succión, la bola de papel fue arrastrada por la corriente cañería abajo y un remolino se formó de inmediato, llevándose el exceso de agua de la taza. Cuando el nivel estaba a punto de alcanzar la normalidad, medio cuerpo de cucaracha emergió del hueco y empezó a girar alocadamente en el ciclón del sumidero. A Clara le pareció que fue algo premeditado, un acto de última voluntad del insecto agonizante, que no quería irse sin antes culpabilizarla por su asesinato y hacerla sentir un poco más asqueada. Finalmente, la cucaracha y el resto de materias flotantes desaparecieron, quedando el agua del retrete en calma. Clara se dejó caer y estuvo varios minutos sentada en el suelo, con la espalda apoyada en el costado de la bañera, respirando con dificultad. Sólo cuando fue a levantarse reparó en que el guante era demasiado corto, y que su brazo derecho estaba empapado de agua sucia con restos de cucaracha muerta.

Llegó a casa al mediodía siguiente. Había pasado una mala noche tras la experiencia del día anterior, y hasta que no pasó media hora bajo la ducha (al menos el termo de agua caliente funcionaba bien) y se frotó el cuerpo a conciencia varias veces no se había sentido lo suficientemente limpia. Toda la ropa que llevaba pasó por un programa de alta temperatura en la lavadora que la encogió un poco, pero le pareció un pequeño precio a pagar por sentirse limpia. Luego se encerró en el dormitorio y no apagó la luz en toda la noche, en el convencimiento de que las cucarachas preferían la oscuridad. Apenas pudo dormir tres horas, cuando cayó rendida de puro cansancio. Tuvo sueños extraños y desagradables, con cucarachas y toda clase de insectos que caminaban sobre su cuerpo dormido, y otras cosas desconocidas que rascaban tras las paredes y bajo el suelo, queriendo entrar en la habitación para colarse en su boca, aprovechando sus ronquidos. Despertó más cansada de lo que se fue a la cama, estremecida por las pesadillas.

Al menos el primer día de trabajo había sido bastante bueno. Recibió una cálida bienvenida por parte del resto de profesores, y su grupo resultó estar compuesto por unos niños en general obedientes y educados. Pero la jornada había terminado, y ahora estaba otra vez en la puerta del piso, con las llaves en la mano, temiendo lo que pudiera encontrarse. Si el día anterior, a la hora de decidir si quedarse el piso, un mes le parecía poco tiempo, un suspiro casi, ahora se le antojaba una eternidad. Menos de veinticuatro horas habían bastado para hacerle odiar, y casi temer, la que debía ser su casa durante ese tiempo.

-No seas tonta, Clara. Has tenido un encuentro con una cucaracha, y has encontrado bichitos en la escobilla de un piso viejo. ¡Oh, qué tragedia! -dijo, intentando quitarle importancia mediante el empleo del sarcasmo.

Le funcionó lo suficiente como para meter la llave y abrir la puerta. Encendió la luz, y comprobó con alivio que, al menos en un primer vistazo, no parecía haber visitas indeseadas en casa. El olor a humedad ya era tan tenue que no sabría decir con certeza si a esas alturas estaba más presente en su imaginación que en el aire. Comprobó que las cajas deshumidificadoras estaban casi llenas (“¡En menos de un día! ¡Con un poco más de humedad en el ambiente podría ir nadando del sofá al cuarto de baño!”) y las vació en el fregadero. Al sonido ordinario del agua al descender por el desagüe le acompañó otro más extraño. Algo parecido al roce de unas hojas de papel. O de unas pequeñas patas quitinosas resbalando tubería abajo. No, seguro que había sido su imaginación. O eso quiso pensar cuando acercó la vista al desagüe. Pero todo era oscuridad y no pudo apreciar nada fuera de lo normal, ni ningún movimiento. Abrió las puertas del mueble donde el fregadero estaba enclaustrado para echar una ojeada, pero tampoco había bichos a la vista. Una observación más detenida le hizo apreciar unos pequeños puntitos negros sobre la madera. Probablemente excrementos de cucaracha, que recogió con un buen trozo de papel de cocina antes de limpiar a fondo el interior del mueble con amoniaco.

El resto del día pasó sin más incidentes. Tras un breve paseo, que aprovechó para comprar unas trampas para cucarachas, dedicó buena parte a limpiar a fondo el apartamento, hasta el último rincón, con amoniaco y varios productos de limpieza con aroma a pino. Cuando ya le dolían las manos de apretar la bayeta y el palo de la fregona se puso a estudiar sentada en el sofá, que había recubierto con una funda nueva. De tanto en cuanto le parecía escuchar algún ruido de algo deslizándose tras las paredes. Pequeñas patas de insecto caminando a toda prisa, escondidos tras los enchufes, bajo los muebles y entre las losetas del suelo. Pero no quiso darle más importancia. Había tenido una mala experiencia el día anterior, eso es todo. El resto era consecuencia de una noche con poco descanso y sueños extraños provocados por el desagradable suceso.

Apenas había terminado de ponerse el sol cuando, tras bostezar por tercera vez en un minuto y no poder seguir leyendo por tener la vista emborronada, decidió que era hora de meterse en la cama. Cenó solo un yogur, se puso un pijama de verano, se lavó los dientes (no sin antes enjuagar muy bien el cepillo bajo el agua del grifo, por si acaso algo, algún visitante indeseado, había caminado sobre él en su ausencia) y se encerró en el dormitorio. Abrió la cama y sacudió las sábanas, para asegurarse de que nada había anidado allí. También comprobó que no se moviera nada bajo la cama, ni dentro del armario. Todo estaba limpio. El agradable y fresco olor del limpiador terminaba de enmascarar cualquier resto que quedara del tufo a verdín. Se prometió que esta sí que sería una noche de descanso reparador. No le dio tiempo a contar hasta tres desde que apoyó la cabeza en la almohada hasta quedarse dormida.

La despertaron los ruidos de la noche anterior, los que pensaba haber soñado. Sin embargo, esta vez estaba bastante segura de encontrarse despierta. Algo deslizándose, el roce de muchas pequeñas patas contra la madera. Encendió la luz con ojos desorbitados por el miedo repentino, pero no vio nada extraño. Se puso en pie, asegurándose antes de que no pisaba nada que se moviera, y se dirigió al armario. Se detuvo un momento, pero los sonidos habían remitido. Abrió la puerta del mueble despacio, con mucha cautela, y dio un paso atrás. Nada. Sus cuatro prendas de ropa bien dobladas, el ambientador de armario colgado de una percha, y nada más. Volvió a escuchar ruidos procedentes del salón. Por más que le repugnara la idea de encontrarse un puñado de cucarachas, no podía hacer otra cosa que ir a comprobar qué estaba pasando. No podía simplemente meterse en la cama e ignorarlo. Decidió que intentaría pillar por sorpresa a cualquier bicho que estuviera paseándose por su salón, si es que ese era el caso. Alguna vez había leído que a las cucarachas no les gustaba la luz, y por eso corrían a esconderse cuando uno entraba en la habitación y la encendía. Si era rápida conseguiría verlas, seguro. Lo que no sabía es lo que haría en ese caso: probablemente correr dando vueltas y manoteando presa del asco. Pero al menos era un plan, uno mejor que meterse en la cama, taparse hasta la cabeza y pasar la noche en vela. Llena de una curiosa determinación aferró el tirador de la puerta, contó hasta tres y la abrió de un tirón, mientras saltaba hacia el salón y estiraba un brazo para encender la luz, todo en un rápido movimiento. Pero allí no había nada. El salón seguía tal cual lo había dejado unas horas antes, con la funda del sofá arrugada, el vaso del agua boca abajo junto al fregadero, sus libros y apuntes abiertos sobre la mesa de camilla. Y ni rastro de insectos. El ruido había desaparecido una vez más, quién sabe si a causa de su espectacular entrada en escena. Dio una vuelta por el salón, inspeccionando cada rincón, y volvió a examinar el mueble bajo el fregadero, pero no había señal alguna de cucarachas ni de cualquier otro bicho.

Su cuerpo cansado le pedía volver a la cama, pero la inquieta curiosidad la impelió a hacer un último intento. Apagó la luz del salón y se quedó allí parada, esperando en una oscuridad y silencio completos, apenas rotos por la tenue luminiscencia de la luna que se filtraba por la ventana de la cocina y el sutil ronroneo del motor del frigorífico. Así se mantuvo durante unos minutos que se le antojaron horas, y, cuando a punto estaba de darse por vencida y regresar al dormitorio, volvió a escuchar los sonidos que la despertaron. Ahora más cercanos, mucho más audibles. No cabía duda de que era algo rascando bajo sus pies, dentro de los límites de su pequeño salón. Pero ¿dónde? Allí el suelo era de losa de gres cerámico, como en el resto de la casa. Le parecía inconcebible oír algo tan ligero como el restregar de unas patas de insecto en el hormigón sobre el que se sustentaría el suelo que pisaba. Aguzó el oído, adoptando de manera involuntaria una figura como de cazadora, agazapada. Así le resultó más fácil localizar la fuente del sonido. Provenía de la zona de la cocina. Cuando dio tres pasos, el ruido volvió a desaparecer, pero ahora estaba bastante segura de su procedencia. Esa tarde, en su cometido de limpieza, había revuelto hasta el último rincón de las estancias del apartamento, y movido todos los muebles para asear por debajo, encontrando más de una sorpresa desagradable en forma de excrementos e insectos muertos. Incluso había desplazado la nevera de su sitio, desenchufándola antes por precaución. Lo había movido todo, menos la lavadora. Sabía que, además de la toma de corriente, debía estar conectada a una o dos tuberías por las que entraba el agua fría y caliente. Tomas de agua o algo así. Por eso no se había atrevido a moverla. El miedo a organizar un estropicio mucho mayor que el del día anterior pudo más que su afán higiénico. Algún bichito se movería entre las tuberías, o tras la lavadora, y nada más. Decidió volver a la cama y consultar con la almohada qué debía hacer a continuación.

Cinco minutos más tarde estaba de nuevo frente a la lavadora. La curiosidad podía más que cualquier intención de prudencia. El aparato estaba encajado entre los muebles de la cocina, junto al que tenía el fregadero enclaustrado. Pese a tener los dedos finos no cabían por la estrecha rendija entre la lavadora y la madera. Se levantó para comprobar que la encimera del mueble estaba pegada con silicona a la pared, descartando cualquier opción de acceder por aquel lado o de desmontar la tabla superior. ¿Cómo se supone que se podía sacar la lavadora en caso de necesitarlo? Por ejemplo, si había cualquier fuga o necesitaba alguna reparación. Probó a empujar por el lateral derecho y cedió un poco, ampliándose ligeramente la ranura del lado izquierdo. Introdujo las dos manos y tiró, sin resultado. Estaban sudadas y se resbalaban. Se las secó bien con un trapo de cocina y volvió a intentarlo, esta vez con más fuerza. Parecía que estaba a punto de moverse cuando las manos volvieron a resbalar, esta vez haciéndola caer de culo con un gemido de dolor. Seguro que mañana la rabadilla le dolería a rabiar, pero ya pensaría en eso llegado el momento. Ahora tenía asuntos más importantes en qué pensar. Introdujo de nuevo la mano izquierda en el hueco lateral mientras empujaba con la derecha en el lado opuesto, pero la lavadora parecía atascada. Desesperada, dio un fuerte empujón con ambos brazos, y lo único que consiguió fue mover el aparato lo suficiente como para atrapar la mano izquierda entre la lavadora y la madera. Una súbita llamarada de dolor ascendió desde sus dedos por el brazo y al resto de su cuerpo, y no pudo reprimir un grito. Tiró de su mano, desesperada, pero había quedado bien atrapada. Desesperada, agarró la mano atrapada con la otra, y propinó un fuerte puntapié a la lavadora, que trajo consigo otra oleada de dolor, esta vez proveniente de su pie desnudo. Sintió también un sonido a plástico roto, pero no le prestó atención en medio del dolor.

-¡Idiota, idiota, idiota! ¡Qué tonta eres, Clara! -se dijo, mientras se lanzaba hacia el sofá, dolorida, cojeando y con la mano herida en la boca -. Tu curiosidad y la puta lavadora se han puesto de acuerdo para matarte, tonta del culo -dijo, riendo sin humor.

Había perdido una uña de la mano izquierda, y otras dos se estaban ennegreciendo. El dolor ardiente era un suplicio. El pie no estaba tan mal, aunque el dedo gordo se le había puesto muy rojo y aún le dolía al apoyarlo. Se incorporó con intención de tomar algún analgésico del bolso, que colgaba de una silla, cuando reparó en que había algo desconocido en la cocina, frente a la lavadora. Un trozo de algo alargado, como un zócalo de plástico gris. Con la patada había desmontado esa pieza de la parte baja de la lavadora, a la que se unía con dos clips, uno de los cuales había quedado destrozado. Tanteó el hueco con la mano sana y encontró dos agarraderas, perfectamente adaptadas a la forma de una mano. Probó a tirar un poco y la lavadora se deslizó ligeramente, sobre unas pequeñas ruedas oxidadas, pero aún funcionales. Se sintió la persona más estúpida del mundo. Si tan sólo hubiera tenido un poco más de paciencia y hubiera investigado el aparato, ahora no tendría un pie lastimado y una mano herida.

Una vez hubo tomado un par de pastillas para el dolor y vendado la maltrecha mano izquierda, regresó junto a la maldita lavadora. Introdujo ambas manos en las agarraderas y tiró con cuidado. Se resistió un poco al principio, pero sin mucho esfuerzo consiguió sacarla del hueco que venía ocupando. La luz que ofrecía la triste bombilla del techo no era precisamente potente, por lo que encendió la linterna de su móvil y se asomó al hueco oscuro que había quedado libre. La lavadora estaba unida a la pared con dos tomas de agua y conectada a un cable, tal y como esperaba, y por suerte los tres eran lo suficientemente largos como para no haberle dado problemas al retirarla. Pero algo más curioso llamó su atención. En el hueco que había quedado en el suelo, cubierta de detritos, excrementos y todo tipo de restos de insectos, una trampilla de madera ocupaba el lugar de cuatro de las losas de gres. Estaba unida a un grueso marco, perfectamente nivelado con el resto del suelo, mediante dos bisagras cubiertas de herrumbre, y en su lado más cercano tenía lo que parecía un hueco para introducir la mano y facilitar su apertura. Eso explicaba lo de los ruidos que parecían rascar la madera, pero a su vez trajo consigo consideraciones mucho más inquietantes. Quizá no era algo tan pequeño como una cucaracha, que cabría en el hueco entre un armario y una pared, como sospechó al principio. Es más, ¿qué demonios pintaba ahí esa trampilla? Era algo tan fuera de lugar por anacrónico que la descolocaba por completo. Alargó la mano instintivamente, presa de la curiosidad, pero se detuvo a medio camino. ¿De verdad quería abrirla? ¿Qué podía haber ahí abajo? Se volvió a mirar por la ventana, sólo para comprobar que seguía siendo de noche. El reloj del teléfono marcaba las dos de la madrugada. Esta vez se impusieron la prudencia y el miedo. Si tenía que investigar qué había ahí abajo, lo haría de día, y preferiblemente acompañada.

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