Cucarachas (III)

La mañana siguiente telefoneó al colegio a primera hora para decir que había tenido un accidente doméstico y no podría ir a trabajar. La mano seguía teniendo el mismo mal aspecto, y el pie aún le dolía al ejercer la mínima presión sobre el dedo pulgar. Se tomó un café con un par de analgésicos y esperó a que fuera una hora prudente para llamar a la puerta de Manuela. Pasó las dos horas siguientes leyendo sentada en el sofá mientras echaba continuas miradas de soslayo a la lavadora. En un primer momento, al despertar, había llegado a pensar que quizá todo había sido un sueño, uno especialmente extraño. Sin embargo, allí estaban como evidencia de lo contrario los surcos dejados por las ruedas, dos líneas de roña y ligeros arañazos sobre el suelo de gres.

 A las diez de la mañana llamó a la puerta de la anciana. Esperó un minuto sin respuesta e insistió, pero nadie abrió. No había nadie en casa, o la anciana seguía dormida. Tampoco veía a ninguno de los obreros que el día anterior estaban trabajando por allí. Quizás llegarían un poco más tarde. Volvió al apartamento y se sentó en el sofá a cavilar. La noche anterior se dijo a sí misma que sería más prudente informar antes a la anciana, y de cualquier modo prefería estar acompañada a la hora de inspeccionar la trampilla. Pero, por otro lado, el misterio ofrecía una atracción que se volvía más irresistible por momentos. Tras meditarlo unos minutos tomó una decisión. Primero se acercaría al bazar más cercano a buscar una linterna que ofreciera mayor claridad que la humilde luz led de su teléfono. Luego volvería a probar suerte en casa de Manuela, y si seguía sin responder, echaría un vistazo a través de la trampilla. Si resultaba haber un pasadizo o un sótano secreto, devolvería la lavadora a su emplazamiento y esperaría a estar con alguien más para aventurarse. Pero nada malo podía pasar por curiosear un poco desde arriba a plena luz del día, ¿verdad?

Una vez más, no obtuvo respuesta en casa de la anciana, así que volvió a su piso y depositó una bolsa de plástico en la mesa. Dentro había no una sino dos linternas: una lámpara frontal que se ajustaba a la cabeza con una cinta elástica de tela, y una linterna de mano que ofrecía un potente haz de luz a través de una miríada de pequeñas bombillitas de led. Se ajustó la primera en la frente, sintiéndose un poco tonta y exagerada. “¡Que tengas buena faena en la mina, Clara!”, pensó al verse en el espejo, riendo con ganas.

-Vamos allá, miedica. Si sabes que no va a ser más que una pequeña alacena que quedó oculta al poner una cocina nueva.

Volvió a desplazar la lavadora, con cuidado de no volver a lastimarse la mano herida. Se arrodilló frente al hueco y encendió la lámpara frontal. Cuando estiró el brazo para agarrar la abrazadera ahuecada en la trampilla, el súbito recuerdo de un sueño de la noche anterior acudió a su mente. Una pesadilla, olvidada por completo al regresar a la vigilia. En ella, se aventuraba a abrir la trampilla de madrugada. Tras la tapa de madera encontraba unas viejas escaleras que daban acceso a una antigua galería de piedra, toda cubierta de moho y telarañas. Sin pararse a pensarlo más, desechando el recuerdo del sueño, abrió la trampilla, que giró hacia atrás con un largo quejido de las bisagras oxidadas. Iluminó el hueco, y no se sorprendió del todo al comprobar que allí no había una pequeña alacena escondida. Unas vetustas escaleras de madera partían de la trampilla y se internaban en la oscuridad que había más allá. Se asomó un poco más, introduciendo medio cuerpo por la trampilla abierta, tratando de alumbrar y ver algo más, pero sólo pudo comprobar que a ambos lados de la escalera había muros de ladrillo, pero la lámpara frontal apenas alcanzaba a iluminar el fondo de la escalera. Echó mano de la otra linterna, y esta vez sí, pudo ver que, unos tres metros más abajo, había un suelo también de madera. Todo el arrojo que había sentido momentos antes se desvaneció. Nunca le habían gustado los sótanos, si es que eso es lo que había debajo de su apartamento. Pero, en cualquier caso, no era un sótano cualquiera. ¿Por qué estaba oculto de esa manera?

-Está bien, miedica. Piensa, razona un poco. ¿Por qué siempre tienes que ser tan dramática? -se dijo para calmarse-. Está claro que debe ser un sótano donde estaba la caldera, o alguna otra instalación de cuando esto era una casa y no una serie de apartamentos.

Pensó por un momento en volver a asomarse al patio, por si la anciana había regresado, y así contarle su descubrimiento, pero desechó la idea. Por el momento la curiosidad seguía siendo más fuerte que el miedo, así que decidió explorar un poco. Cambió de postura para poder sentarse e introducir las piernas por el hueco, y apoyó los pies en el primer escalón. Éste crujió un poco, y el sonido volvió a traerle recuerdos de la noche anterior. ¿O del extraño sueño? Lo achacó todo a la sugestión, y dio un paso más, con las manos bien sujetas al marco de la trampilla por si los viejos peldaños de madera resultaban demasiado frágiles. Apenas crujió un poco. La escalera parecía capaz de soportar todo su peso sin problemas, así que dio otro paso y soltó las manos del marco. Sólo crujió un poco más, así que siguió bajando. A mitad de la escalera pudo comprobar que el sótano se abría a un espacio mayor un metro más allá del último peldaño, pero aún no alcanzaba a ver nada de esa habitación. Apoyando una mano en la pared, la otra portando la linterna al frente, llegó al fin al suelo y pisó la vieja y maltratada tarima. Enfocó hacia abajo y comprobó que estaba cubierto de una fina capa de polvo y tierra, revuelta por lo que deducía que debían ser huellas de pisadas de pequeños animales, insectos y roedores. Volvió a iluminar a su alrededor, dando un paso más, y se encontró en medio de una gran habitación cuadrada. Debía tener una planta similar a la de su apartamento, y sus paredes eran de ladrillo. Varias estanterías metálicas llenas de trastos impedían ver todos los rincones. Gruesas tuberías metálicas cruzaban el techo, algunas de las cuales desembocaban en lo que, sin duda, era una vieja caldera. “Misterio resuelto”, pensó. Ser capaz de darle una explicación así de mundana a la existencia de la trampilla volvió a llenarla de resolución, así que decidió inspeccionar las estanterías por si encontraba algo interesante. Sin embargo, antes debía revisar todos los rincones, dado que las estanterías impedían tener una visión completa de cada esquina, y no quería arriesgarse a que algo esperara agazapado a pillarla desprevenida.

-Valor y prudencia no están reñidos, no señor -dijo en voz alta.

Avanzó despacio entre las estanterías atestadas de trastos viejos y cubiertos de polvo y herrumbre. Herramientas, cajas de madera desvencijadas y de cartón podrido, botes de pintura, algún juguete antiguo y destrozado, libros y revistas mohosas… cada pasada del haz de luz revelaba un montón de chismes inútiles. “El paraíso de alguien con síndrome de Diógenes”, pensó Clara. Imaginó a los presentadores de uno de esos programas de televisión en los que buscan antigüedades para revender en almacenes y casas antiguas entrando aquí y arrugando la nariz ante la titánica tarea de encontrar algo valioso entre tanta basura. Un sonido de humedad en sus pisadas le hizo bajar la vista. Había pisado un charco, que se extendía bajo una de las estanterías a su izquierda hasta más allá de donde alcanzaba su visión. Miró hacia arriba y comprobó que una de las tuberías goteaba lo que esperaba fuese tan sólo agua. Sin embargo, en el breve instante en que la luz de la linterna fue de abajo arriba, creyó ver algo que la puso en estado de alarma, erizando los pelos de su nuca. Dirigió el haz hacia adelante, y en efecto, allí había alguien, observándola de frente. Gritó a pleno pulmón y dejó caer la linterna del susto mientras salía corriendo. En su loca huida en busca de las escaleras, prácticamente a oscuras, mientras la luz de la linterna frontal danzaba locamente de un lado a otro, tropezó con algo que había en el suelo y cayó cuan larga era. La linterna de su cabeza golpeó contra el suelo, apagándose al romperse con un crujido de plástico, y de paso dándole un buen golpe en la frente. Quedó tendida a oscuras, divisando apenas un poco de claridad bajo una de las estanterías, proveniente de la linterna que había dejado abandonada tras el sobresalto. Se había adentrado tanto y dado tantas vueltas sin darse cuenta que perdió cualquier referencia de la escalera. Apenas pudo reprimir las ganas de gritar de nuevo de pura frustración, de echarse a llorar, pero sabía que con eso no ganaría nada. Estaba metida en este lío por su culpa, por su curiosidad, y ahora tendría que sacar otra vez un poco de fuerza de voluntad y valor para salir del apuro. Dedicó unos minutos a calmar su pulso desbocado y a recuperar un ritmo normal de respiración, sentada en el suelo, mientras escuchaba atentamente. El silencio era casi absoluto, con la excepción de una ligera vibración de alguna tubería y el esporádico sonido de una gota de agua al caer en el charco que había pisado un instante antes.

Cuando hubo recobrado la calma, se incorporó, acariciándose las rodillas, doloridas por la caída. No había vuelto a escuchar nada más. Si hubiera alguien más ahí abajo, o bien no había vuelto a moverse, o era silencioso en un grado sobrenatural. Descartó esta última idea, tanto por miedo como por realismo. Estaba segura de que había visto una cara entre las estanterías, o eso creía. ¿Y si había sido una mala pasada de su mente excitada por la situación? Se repitió eso último, convenciéndose, mientras volvía a caminar, despacio, hasta girar de nuevo hacia el pequeño pasillo entre estanterías donde había dejado caer la linterna. Allí seguía encendida, iluminando un rincón donde yacían un par de podridas cajas de cartón. La tomó e iluminó con precaución en la dirección donde creía haber visto a alguien. A ras de suelo volvió a verlo. Un par de pies, de color blanco muy sucio, asomaban entre cajas de fruta de madera apolillada. No tenían dedos, y estaban unidos a las piernas por una extraña juntura negra, como si hubieran sido cosidos, o pegados. Pies de monstruo… o de maniquí. Siguió subiendo el círculo de luz hasta llegar al rostro, llevándose un nuevo sobresalto. En efecto, no era más que un maniquí, pero alguien había hecho una particular modificación en el rostro, en origen carente de rasgos. Habían pintado unos ojos enormes, desorbitados, con gruesos trazos negros. La boca también pintada simulaba estar abierta en una suerte de rictus o sonrisa macabra.

-Jesús, menudo susto me has dado. Pero ¿quién ha podido pintarte esa cara horrible? -dijo en voz alta, entre risas nerviosas.

Pasó por el hueco entre estanterías donde asomaba el maniquí y llegó a otra pared. Una acumulación de escombros en una esquina atrajo su atención, y al acercarse observó que había un agujero a la altura del suelo, de aproximadamente un metro de diámetro. Parecía haber sido practicado de fuera hacia dentro de la habitación. Como si alguien quisiera entrar desde el exterior. “Venga ya, Clara, no empieces otra vez”. Se agachó para asomarse, moviendo la linterna para iluminar más allá del hueco, hasta otro muro de ladrillos en el lado opuesto, a unos tres metros. Probablemente sería el sótano de otra casa aneja, pensó. De nuevo envalentonada por la curiosidad, se agachó y pasó medio cuerpo por el agujero para echar un vistazo al otro lado. Comprobó que no daba a una habitación similar, sino a una especie de corredor que se perdía a derecha e izquierda en la oscuridad, más allá del alcance de la luz de su linterna. Por el centro del pasillo corría lo que parecía un surco de medio metro de ancho. ¿Sería un viejo corredor de saneamiento? La curiosidad pudo más que la prudencia, así que terminó de pasar y se incorporó para mirar el hueco en el centro. Efectivamente, todo parecía indicar que se encontraba en un corredor donde antiguamente circulaban las aguas evacuadas, quizá de lluvia o incluso las aguas de desecho de las casas de la vecindad. Si bien las instalaciones parecían llevar décadas abandonadas, detritos podridos mucho tiempo atrás atestiguaban el uso que debió tener antiguamente. Se detuvo un momento a mirar la hora en el teléfono móvil. Hacía una hora que había comenzado a explorar, aunque le había parecido mucho menos con tanta emoción. Aquí abajo, empero, no llegaba la cobertura. Esperaba no necesitarla, en cualquier caso.

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