Cucarachas (IV)

Estuvo varios minutos de pie, apoyada contra la pared, junto al agujero, pensando qué debía hacer. ¿Sería peligroso estar ahí? Ahora ya no sabía dónde podía conducir ese corredor. Probablemente habría otras entradas desde la calle, o incluso desde las alcantarillas. ¿Habría vagabundos, o yonquis durmiendo allí abajo? Se sintió de pronto incómoda ante un pensamiento que la sobrevino. ¿Y si los ruidos que escuchó de noche eran de procedencia humana, y no de pequeños animales? Imaginó un vagabundo de aspecto siniestro, sucio y cubierto de harapos, arañando la madera de la trampilla bajo su cocina con unas uñas negras y rotas. Reprimió esa idea, intentando racionalizar la situación de acuerdo a lo que veía a su alrededor. “A ver, si esto fuera una especie de refugio de drogatas o algo así, sin duda habría basura de hace menos de un siglo, o pintadas, o colillas y cosas así”.

Decidida, empezó a caminar hacia su izquierda, pegada a la pared por miedo a tropezar y caer en el surco central. Iba despacio, tratando de no hacer ruido, con el haz de luz de la linterna iluminando inquieto de un lado a otro. Las paredes seguían siendo de ladrillo desnudo, unido con un mortero que apenas se dejaba ver en las juntas, lo que llenaba cada pasada de la linterna de todo tipo de sombras juguetonas. En un par de ocasiones le pareció ver algún insecto o algo parecido arrastrarse por la pared hasta un agujero, pero no logró determinar qué era, si cucaracha u otra cosa. Esto la hizo caminar más separada del muro, por si acaso. Intentó en vano encontrar huellas de pisadas mientras caminaba.

Tras unos minutos de cauteloso andar, el corredor terminó en un muro de ladrillo, y se bifurcaba a izquierda y derecha, en forma de “T” mayúscula. Después de meditarlo un momento, alumbró el suelo para examinarlo con cuidado, hasta que encontró lo que necesitaba. Tomó un trozo de cal descascarillado caído de alguna parte, y lo usó para dibujar una flecha hacia el camino de la izquierda, y otra señal indicando la dirección de la entrada. O de la salida, en este momento. Guardó la piedra en el bolsillo y se puso a caminar por el corredor de la izquierda. Se preguntó cómo era posible que, quitando la porquería que había quedado en el surco central, todo el corredor estuviera tan limpio. No es que no se alegrara de no ver ratas, claro está, pero no dejaba de resultarle llamativo que apenas hubiera visto un par de arañas o insectos corretear por la pared al paso de la luz de su linterna. Imaginó que estas galerías debían estar cegadas desde hace mucho tiempo, y no tendrían comunicación con el exterior ni el sistema de alcantarillado. En estas cavilaciones se encontraba cuando empezó a escuchar un golpeteo lejano. Era algo muy tenue, débil, y no necesitó avanzar mucho más para darse cuenta de que eran gotas de agua cayendo.

Alcanzó otra bifurcación, aunque en este caso el túnel seguía hacia adelante y se abría un nuevo camino a su derecha. De esa dirección venía el sonido de goteo, así que no lo pensó demasiado. Dibujó una nueva flecha en esa dirección, saltó sin dificultad el canal y trazó otra flecha más indicando la dirección de la salida. Por si acaso.

La nueva galería no tenía el conducto central, por lo que Clara dedujo que debía ser un túnel de acceso o algo así. Quizá éste sí que desembocara en una salida o algo nuevo. En cambio, una gruesa tubería oxidada discurría a lo largo, colgando del techo. Caminó siguiendo su dirección, iluminando de vez en cuando la tubería, en busca de la fuga. Medio minuto después la encontró. De un gran agujero irregular en el tubo caían, a intervalos irregulares, gotas de lo que esperaba fuese agua. Se situó debajo para inspeccionarlo mejor cuando escuchó un crujido bajo sus pies, como si hubiera pisado una ramita. Dirigió la luz hacia sus pies y vio que, en efecto, estaba pisando dos curiosas ramas, alargadas, finas y blancas. Con un respingo, retrocedió hasta dar con la espalda en la pared al comprender qué estaba viendo. Con su pisada había quebrado el radio (¿o era el cúbito?) del esqueleto de un brazo. Un metro más allá descansaba el resto del cuerpo. El esqueleto estaba completamente pelado, blanco, sin un solo resto de piel o carne, como si hubiera sido mondado por una o muchas criaturas hambrientas. De hecho, comprobó al examinarlo un poco más de cerca, bajo él y a su alrededor aparecían esparcidos miles de pequeños puntitos negros. Recordó aquella vez que tuvieron problemas con un bajante viejo en la cocina de casa, cuando unos visitantes indeseados dejaban cada noche recuerdos como esos puntitos en el suelo y los muebles de la cocina. Excrementos de cucaracha. De muchas cucarachas, pensó.

Empezó a escuchar un sonido vagamente familiar, que hizo saltar una alarma proveniente de un punto un poco más allá de la plena conciencia. Venía de la pared a su espalda. Buscando desesperada con la linterna vio que, a ras de suelo, había un pequeño agujero redondo, del que salió una cucaracha. Fue sólo la primera de muchas. Sabía que eran cucarachas por su forma, pero nunca las había visto como éstas. Eran más grandes que cualquier otra que hubiera visto, largas como la palma de su mano. No tenían alas, y su color era un desagradable blanco amarillento. “Color de vómito”, pensó Clara. Sin embargo, lo peor eran los ojos. Cada una tenía un par de ojillos rojizos, brillantes, que destacaban sobre sus cabecitas blancas incluso entre tanta oscuridad, y brillaban como los ojos de un depredador al recibir la luz de la linterna.

No se dio cuenta de que estaba paralizada por la visión hasta que se percató de que la primera cucaracha empezaba a subir por la pernera de su pantalón. Fue como si despertara del todo de repente, desconcertada por la insensatez que había dirigido sus pasos todo ese tiempo. Como si su conciencia hubiera estado alterada de alguna manera, empujándola a ponerse en peligro. Entonces echó a correr. Volvió sobre sus pasos en una desesperada carrera, y a punto estuvo de caer en la zanja central y probablemente romperse algún hueso. Sin embargo, consiguió saltar en el último momento y tomar la primera bifurcación a toda prisa. Era una suerte que el camino estuviera tan limpio y fuera lo suficientemente ancho para evitar tanto chocar con la pared como tropezar y caer al canal seco, porque a la velocidad a la que iba era imposible ver cualquier obstáculo con los locos bandazos que su correr imprimía a la luz de la linterna.

Entonces, justo antes de tomar la última curva y dirigirse a la salida, escuchó un fuerte ruido proveniente de ese túnel que la impelió a pararse en seco. El brusco cambio de ritmo la hizo resbalar y caer de culo, volviéndose a lastimar sus ya maltrechas posaderas. Sin embargo, consiguió acallar el grito que pugnaba por salir de su garganta. Sin duda, había escuchado unos ladrillos cayendo al suelo. “¡Alguien ha entrado en mi sótano!”, pensó. “O salido”. Sin pensarlo dos veces, apagó la linterna y se acercó a la esquina, sin hacer ruido, aguzando el oído. Rezaba porque las cucarachas no la estuvieran persiguiendo, pero su máxima preocupación ahora provenía del umbral de regreso a casa. Permaneció unos minutos así, sin escuchar más que el ruido lejano de gotas cayendo en alguna parte, hasta que le pareció escuchar algo en el corredor que conducía a casa. Un ligero siseo de algo arrastrando. No llegaba a ser ruido de pasos, aunque se le acercaba lo suficiente como para darse cuenta de que alguien se aproximaba en su dirección, probablemente arrastrando los pies.

Echó mano de su teléfono móvil y comprobó que no tenía cobertura ahí abajo. Tenía que tomar una decisión. Quien fuera que venía en su dirección estaba más cerca a cada momento que pasaba. Creía no haber sido descubierta aún, pero eso no duraría mucho tiempo. Regresar por donde acababa de venir estaba descartado, con todas esas cucarachas pululando, estaba descartado. De cualquier manera, con independencia de cuál fuera el camino que tomara, iba a tener que encender la linterna, y eso implicaría descubrirse. Decidió que lo mejor sería salir abiertamente al corredor girando la esquina y encender la luz. Mejor sorprender que ser sorprendida. Y rogar porque, quien fuera que viniera, no fuera un drogadicto, ni un violador, ni nadie peligroso. Contaría hasta tres y saltaría cruzando la esquina, con la linterna encendida hacia quien venía.

“Uno”.

“Dos…”

“¡Tres!”

Clara saltó mientras encendía la linterna, dirigiendo el haz de luz hacia el corredor. El terror, procedente de la parte más primaria e instintiva de su cerebro, llegó mucho antes que la sorpresa ante la visión imposible que encontró ante sus ojos. Aquello que se dirigía hacia ella, ya a apenas tres metros de distancia, no era una persona. Tampoco era una cucaracha, al menos en el sentido más restrictivo de la palabra. Quizá sería más correcto decir que era un híbrido, algo entre medio de ambas. Parecía una cucaracha, con la salvedad de que medía alrededor de un metro y medio de alto. Era de un color blanquecino, como sus hermanas pequeñas, y la miraba con los mismos ojos rojos, brillantes. Se acercaba encorvada, arrastrando cuatro patas quitinosas y retorcidas, cubiertas de un repulsivo vello parduzco. Pero lo peor, sin contar los escalofriantes ojos, eran las dos patas delanteras, que se encontraban alzadas, dirigidas hacia ella como en un remedo de gesto de abrazar. En algún momento, cursando la asignatura de ciencias naturales de la carrera, había aprendido que el extremo de las patas de los insectos, la parte que usan para caminar o agarrarse a las cosas, se llama tarso. Este espécimen sólo tenía tarsos en sus cuatro patas traseras. Las dos delanteras, las que alzaba hacia Clara, terminaban en dos pavorosas parodias de manos, de parentesco inequívocamente humano. El pulgar casi había desaparecido, y en el anular derecho algo brillaba, incrustado entre las placas del exoesqueleto de quitina. Tuvo la desconcertante pero indudable certeza de que se trataba de una alianza de oro.

Su cuerpo, impulsado por un terror primigenio, fue más rápido que su mente, y pareció despertar de una pesadilla cuando se dio cuenta de que corría atolondradamente por el otro corredor, el que aún no había explorado. Ya no importaba tropezar o caer al hueco central. Lo único urgente era huir, escapar de esa monstruosidad que acechaba en la oscuridad. Ni siquiera se percató de que ya no llevaba el teléfono móvil en la mano, pues lo había dejado caer en medio del estupor. El espanto provocado por esa inefable aberración ocupaba la totalidad de su mente, tanto consciente como instintiva. Tomó varios desvíos en su huida, girando quizás a izquierda o a derecha, sin ser capaz de registrar sus movimientos, mientras la luz de su linterna giraba locamente en todas direcciones, inútil por tanto bamboleo. Éste fue su error. No alcanzó a ver el lugar en que la zanja se ensanchaba, y antes de que pudiera darse cuenta su pie derecho encontró el vacío, y luego lo hizo el izquierdo. Una sensación de ingravidez sacudió su estómago cuando se precipitó al fondo, situado dos metros bajo el nivel del pasadizo. El impacto contra el lecho de piedra fue tan doloroso que la devolvió a la realidad de inmediato. Se dobló el tobillo derecho, se desolló ambas manos al tratar de amortiguar la caída, y se golpeó la barbilla, haciendo que toda su cabeza resonara como un choque de coches al toparse violentamente sus dientes superiores e inferiores. Pero lo peor de todo fue que la linterna se estrelló en algún lugar indeterminado en la oscuridad, apagándose con un estallido de cristal roto. Así como sonaban las esperanzas cuando se rompían de forma irremediable.

Capítulo siguiente >

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Blog de WordPress.com.

Subir ↑

A %d blogueros les gusta esto: