Cucarachas (V)

Empezó a salir de su letargo cuando no pudo soportar más el frío de la piedra. Rodeada de la más completa oscuridad, no podría haber dicho cuánto tiempo permaneció tirada en el suelo en posición fetal. El dolor del tobillo, las manos y la barbilla había pasado a ser un rumor sordo, pero su lugar lo había ocupado el daño que indirectamente habían sufrido sus dientes al chocar con violencia. Al menos dos se habían roto y sospechaba que alguno más estaba al menos astillado, pues en varias ocasiones había tenido que escupir pequeños trozos entre un escupitajo sanguinolento y otro. Durante todo ese tiempo estuvo sumida en pensamientos de incredulidad. ¿Cómo había podido llegar a esa situación? No podía sentir más que un estupor aún más poderoso que el dolor físico, no sólo provocado por lo inverosímil de las cosas que había visto sino, incluso en mayor medida, por la insólita audacia que la había empujado a seguir adelante en todo momento. Casi sospechaba que alguien, o algo, se hubiera introducido en su cabeza. ¿Ella, una chica tan prudente (cobardica o gallinita, la llamaban a veces sus amigas, su aprensión perpetua siempre motivo de broma), adentrándose en unos túneles desconocidos y aparentemente abandonados? ¿Quién se había creído que era, una especie de Lara Croft bajita y con algún rollito de más en la tripa? La buena y vieja Lara Croft no habría tenido problema en despachar a tiros a la cosa que se había cruzado en su camino a casa, ese horripilante espantajo pariente de las cucarachas en tamaño familiar.

También había llorado. No fueron lágrimas de dolor, ni siquiera de miedo. Lloró de impotencia, y de rabia hacia sí misma. Ahora, sin embargo, una vez que el frío había comenzado a echar raíces en su cuerpo, volvió a sentir una curiosa determinación. Esta vez la provocaba la curiosidad, sino la desesperación, la sensación de que ya no le quedaba nada que perder. Era una chica pequeña, herida y cobarde en el fondo de un pozo, al final de un desconocido túnel en lo más recóndito de unas modernas catacumbas bajo la ciudad. Se sentó con un escalofrío, y haciendo un esfuerzo con las manos desolladas apoyadas en el suelo, se incorporó. El tobillo lastimado protestó un poco, pero iba a dejarla caminar, al menos un rato. Sólo tenía un problema, mayor que cualquier merma física: ¿hacia dónde debía caminar, si no había manera de ver ni sus propias narices en este foso de negrura insondable?

Tras un momento de meditación, y de comprobar que todo seguía sumido en un silencio sepulcral, empezó a caminar con paso cauteloso, las manos al frente, y no tardó en dar con una de las paredes del pozo. De pronto le vino una idea a la mente que la hizo estremecer, y buscar una posición más segura arrodillada en el suelo. Recordó uno de los más famosos cuentos de Poe, “El pozo y el péndulo”, en el que un prisionero de la inquisición es encerrado en una prisión en la oscuridad absoluta, y está a punto de caer al abismo por moverse de pie, palpando con las manos hacia adelante, en lugar de hacerlo agachado y palpando el suelo bajo sus pies. Tomó ejemplo del protagonista de la historia y empezó a moverse hacia la derecha, palpando el suelo y la pared a cada pequeño paso. Halló todo tipo de detritos en su camino, piedrecillas, trozos de lo que suponía que sería madera o pequeños huesos, y muchas cosas húmedas y viscosas que prefería no tratar de identificar.

Tardaría lo que pensaba serían unos cinco minutos en dar una vuelta completa al foso que tenía una forma más o menos rectangular. Identificó un punto en particular cuando halló los restos de su maltrecha linterna junto a uno de los muros. Dudaba que fuera a serle de alguna utilidad, pero una vez había dado una vuelta completa, decidió guardarla en un bolsillo, por si acaso. Ahora que sabía que podía moverse alrededor del pozo sin caer a ningún abismo, se atrevió a volver a levantarse, y comenzó a dar otra vuelta, ahora palpando sólo el muro a mayor altura. Llegó así a lo que en principio parecía una barra de metal, y resultaron ser los restos oxidados (el olor a hierro podrido así lo delataba) de una escalera de mano. Algunas aristas de los herrumbrosos travesaños castigaron las descarnadas palmas de sus manos, y a cada paso hacia la libertad toda la estructura crujía de forma siniestra. Agradeció, esta vez sí, ser una chica pequeña cuando alcanzó la seguridad de la piedra alrededor del pozo, y se dejó caer, aliviada, dándose cuenta de que llevaba un tiempo indeterminado aguantando la respiración.

Ahora que había escapado del pozo surgía otro problema de igual magnitud. ¿Hacia dónde ir? Ante la total ausencia de luz de nada servirían las marcas que había ido dejando al principio de su insensata expedición. Los pájaros se comerían las migas de pan, pero las marcas de tiza no servirían de nada a la chica ciega. Sintiendo que, en cualquier caso, no tenía nada que perder, siguió gateando alejándose del pozo, mientras tanteaba hacia adelante con una mano para evitar chocar de bruces contra cualquier cosa. Cuando alcanzó la primera pared, empezó a avanzar hacia la derecha, con una mano pegada a la pared y otra en el suelo. Decidió que giraría siempre hacia la derecha. Así, si llegaba a algún punto muerto o tenía que regresar sobre sus pasos por cualquier otro motivo, no se perdería.

Perdió la noción del tiempo mientras recorría un túnel tras otro. Tenía que hacer frecuentes paradas para aliviar sus rodillas, que ya casi gritaban de dolor de tanto arrastrarse, y exhalar un poco de aliento cálido en sus heladas manos. En cada descanso su mente volvía a las lamentaciones y la rabia. Se sentía, no, sabía con certeza que era la persona más estúpida del mundo. No podía haberse quedado en casa, esperando que llegara Manuela, para acompañarla o avisar a cualquier persona que la ayudara a desentrañar el misterio que se le presentaba desde la seguridad de su casa alquilada. No, la señorita Clara tenía que ponerse a jugar a Cucarachas y Mazmorras. Al menos esos pensamientos conseguían restar un poco de espacio al terror. A cada momento, avanzando a cuatro patas o descansando sobre sus también doloridas posaderas, si no hacía un esfuerzo real y consciente para refugiarse en el enfado y compadecerse de sí misma, la fugaz visión de ese horror a caballo entre artrópodo y humanoide regresaba para helar su sangre.

Terminó también por perder la cuenta de las veces que se detuvo a descansar entre intervalos de exploración cada vez más breves por el dolor que le producían las articulaciones y las rozaduras. Tampoco era capaz de recordar cuántas veces había girado a la derecha. Pensó que, en cualquier caso, tampoco tenía mayor importancia ese número. En su atolondrada huida a toda carrera no había quedado espacio en su cabeza para llevar la cuenta, ni siquiera para estar segura de en qué direcciones había girado. Había actuado por puro instinto, impelida únicamente por la necesidad de escapar, y ahora estaba pagando las consecuencias.

A punto estaba ya de abandonar cuando percibió un cambio. El sonido familiar, aún lejano, de una gota de agua cayendo de manera intermitente. Cayendo, probablemente, sobre un esqueleto descarnado al que le faltaba un brazo. El retorno de la esperanza fue un bálsamo para sus heridas y su dolor, y se atrevió a ponerse en pie, con una protesta de sus rodillas dolientes. Anduvo varios minutos, creyendo acercarse a la fuente del sonido cuando, en una intersección entre al menos dos túneles, quedó sin ninguna referencia de lugar, manoteando en el aire. El sonido había desaparecido, y Clara no se atrevía a dar un paso más, por temor a caer en la zanja central que recorría algunos de los túneles. Entonces se dio cuenta de otra novedad, aún más bienvenida que la anterior, y es que empezaba a poder ver algo. Apenas distinguía los contornos de una esquina y el borde del canal, pero eso significaba que debía haber una fuente de luz cercana. Giró la esquina y comprobó que, efectivamente, ese corredor terminaba a apenas cinco metros en una puerta, bajo la cual se filtraba una tenue luminiscencia. Esto dio alas a sus pies, y en un instante ya estaba junto a la puerta. La acarició con cautela, y comprobó que estaba hecha de acero y cubierta de óxido.

Respiró hondo y se armó de valor para agarrar el picaporte metálico, rogando porque funcionara y le permitiera salir de esa oscuridad. Al principio se resistió, haciéndola creer por un aterrador momento que estaba atrapada una vez más, pero pronto cedió y comenzó a abrirse con un chirrido desgarrador. Clara brincó ante el sonido, pensando que debía haberse escuchado por todo el complejo de túneles, pero ese pensamiento no tardó en abandonarla debido a la sorpresa ante lo que encontró tras la puerta. Venía a dar a una pequeña habitación, que sospechó en su momento debía ser una sala de descanso para el personal de mantenimiento que trabajara en esos túneles. La tenue luz que se veía desde el otro lado provenía de una lámpara tipo flexo enchufada a una toma de corriente del tipo que Clara había visto en algunas obras, con tapa de seguridad de color rojo. La lámpara reposaba sobre un gran escritorio de madera maciza que debía tener al menos cien años, y estaba cubierto de papeles y lo que parecían recortes de periódicos. Había también un par de estanterías también de madera llenas de libros viejos, periódicos y toda clase de basura, y un par de camastros en un rincón. Toda la habitación estaba llena de montones de objetos de todo pelaje, unos con aspecto de llevar allí décadas y otros mucho más nuevos. Dando un paso algo crujió bajo su pie, y al mirar abajo comprobó que había roto la pantalla de un teléfono móvil con aspecto de tener al menos veinte años.

En el extremo opuesto de la habitación había algo desconcertante. Podía adivinarse la silueta de una puerta bajo lo que parecía una especie de excrecencia resinosa de algún tipo. En el rincón que unía una esquina con el techo había un objeto que le recordó a los capullos de los gusanos de seda una vez abiertos, pero con un aspecto como de piel vieja en lugar de ser sedoso. Dio un par de pasos más, empujada por la curiosidad, cuando se dio cuenta de que, además de objetos, estaba pisando otra cosa más desagradable. Excrementos de insecto, como los que había identificado anteriormente como de cucaracha, pero mucho mayores, y a cientos. Esto fue suficiente para desanimarla a seguir investigando por allí. Volvió la vista hacia la lámpara encendida y tuvo una idea: si bien no podía llevársela para iluminar su camino, al menos podría aprovecharla para buscar algo útil entre tanta basura. La levantó para ampliar el radio de luz y empezó a revolver uno de los montones con un pie. En éste los objetos de todo parecían bastante nuevos, y la mayoría tenían una cosa en común: eran el tipo de cosas que una persona llevaría encima al salir a la calle, para ir a trabajar, de compras o a la escuela. Había algunas mochilas y maletines, carteras, teléfonos móviles, llaves, libros, fundas de gafas, relojes, bufandas, guantes… Le sorprendió encontrar lo que parecía un ajado extintor de latón lleno de abolladuras.

Estuvo rebuscando sin encontrar nada que pudiera ayudarla por los alrededores del escritorio durante un rato. Tuvo entonces que arriesgarse a apurar la longitud del cable para buscar más lejos. La aterrorizaba la posibilidad de tirar más de la cuenta haciendo que la lámpara se desenchufara, dejándola en la más completa oscuridad. O, peor aún, que el enchufe se estropeara sin remedio. Así, con sumo cuidado, se alejó un poco más y siguió hurgando con el zapato. Entonces vio algo que sí que podría servirle, si es que estaba en suficiente buen estado. Junto a una fiambrera de Scooby Doo cuya visión le rompió el corazón (no podía evitar pensar en quién habría sido su dueño, y especialmente qué habría sido de él si sus pertenencias estaban ahí abajo), halló una pequeña linterna de mano. La tomó y pulsó el interruptor, pero no pasó nada. Con el corazón palpitando desbocado por la ansiedad, devolvió la lámpara al escritorio y abrió el compartimento de las pilas de la linterna que había encontrado. Como temía, las pilas estaban sulfatadas. Las dejó caer y, cogiendo un destornillador que había encontrado en otro montón de basura, rascó como pudo dentro del compartimento, cuidando de no romper nada. Cuando estuvo más o menos satisfecha, sacó las pilas de su linterna rota, las introdujo en la otra y la cerró. Contuvo la respiración y pulsó el botón.

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