Cucarachas (VI)

Con un parpadeo como de incredulidad al principio, la linterna se encendió. No daba ni mucho menos tanta luz como la que se le había roto, y la bombilla incandescente probablemente se bebería las pilas en un rato, pero aun así no pudo reprimir un pequeño grito de triunfo. Enseguida se reprendió por su estupidez, y volvió a echar una mirada recelosa a la extraña sustancia que cubría la pared opuesta.  No podía imaginarse qué podía ser, y estaba convencida de que, en realidad, tampoco quería saberlo. Después de las cosas que había visto ese día, cuanto más averiguara más le costaría volver a dormir por las noches.

Convencida de que no hallaría nada más de utilidad, y habiendo reunido algo de valor a base de respirar hondo, se disponía a volver sobre sus pasos en busca de la salida al exterior cuando uno de los montones de papeles del escritorio llamó su atención. Bajo un periódico reciente, de dos días atrás, asomaba la esquina de lo que parecía una fotografía. La cogió para mirarla y el corazón se le detuvo. Era una fotografía de ella. Había sido tomada desde el patio de su casa de apartamentos, a más altura, mientras ella, suponía, estaba fregando. Levantó el periódico y vio que había algunas más, la mayoría tomadas desde fuera hacia su ventana: Clara cocinando, Clara estudiando en la mesa, Clara viendo la televisión en el sofá. Todas parecían haber sido tomadas desde algún punto del corredor del primer piso. Había dos fotos más donde aparecía ella en el patio.

Clara no podía dar crédito a sus ojos, debatiéndose entre la incredulidad y el pánico. ¿De qué iba todo esto? ¿Quién la había estado observando, y especialmente con qué motivo? En un arranque de ira y miedo dio un manotazo a las fotos, derribando un montón de papeles al suelo y descubriendo algo extraño debajo. Apartó más papeles para ver mejor, y reveló unas misteriosas inscripciones talladas directamente en la madera del escritorio. Insertas dentro de un círculo de lo que parecían runas u otra escritura desconocida, había lo que parecían, hasta cierto punto, dos estrellas de cinco puntas, una dentro de la otra. Lo irregular de los trazos, grabados con un cuchillo u otro objeto afilado, hacía imposible determinar del todo la forma. Había quedado una foto de ella, donde aparecía asomada a la ventana de la cocina, justo en el centro de la figura. Intentó apartarla con la mano y se percató de que estaba pegada. Cuando intentó despegarla, parte de la foto se desgarró, descubriendo el adhesivo empleado. Era de un color pardo rojizo, y cuando acercó la foto a su nariz percibió dos olores: cola y sangre.

Dio un paso atrás, dejando caer espantada la foto, sin poder apartar los ojos de la figura tallada en el escritorio. Sentía su pecho subir y bajar cada vez a mayor velocidad. Estaba sufriendo un ataque de ansiedad, o de pánico. Con las manos en el pecho intentó calmar su respiración, mientras buscaba una explicación racional a todo esto. ¿Se suponía que era alguna clase de siniestro ritual? ¿Y por qué ella? Por más vueltas que le daba, con su cabeza funcionando a toda velocidad, era totalmente imposible encontrar un sentido. De pronto, un súbito estallido de dolor en su brazo derecho la sacó del ensimismamiento. Sin que ella se hubiera dado cuenta, en medio de la estupefacción, una de las cucarachas blancas, del tamaño de su mano, había trepado por su cuerpo y, ¿la había mordido en el brazo? ¿Desde cuándo las cucarachas mordían? Se la quitó de encima con un golpe de la otra mano, gritando, y observó con incredulidad que la sangre empezaba a manar de un buen mordisco. Miró alrededor y vio que había varias cucarachas más que se acercaban a sus pies, mientras que la recién derribada volvía a por más. Aplastó una cucaracha tras otra con frenéticos pisotones, temiendo que en cualquier momento aparecieran en un número tan elevado como el de su último encuentro, acabando así con cualquier posibilidad de controlar la situación. Después de la novena (¿o fue la décima?) cucaracha despanzurrada, todo pareció quedar en calma. Nerviosa, miró a un lado y a otro, temblando de puro asco y pavor. Una vez más, intentó calmar su corazón desbocado y su respiración, tratando de hacer largas inhalaciones y exhalaciones.

Entonces, con un atronador crujido, la puerta se abrió, revelando a la gigantesca cucaracha humanoide en el umbral. Paralizada por el miedo, Clara la vio acercarse lentamente mientras volvía a levantar sus espantosas manos hacia ella. Volvió a ver brillar el anillo dorado, un ornamento absurdo en un monstruo imposible.

-¡Mmmmmmmmmmmm! -profirió la criatura, como si intentara articular una palabra. Clara tuvo la descabellada idea de que era imposible que pudiera articular esa consonante sin labios, con sus asquerosas mandíbulas de insecto. En otras circunstancias incluso se habría echado a reír con su ocurrencia. Entonces la bestia volvió a hablar, o a hacer algo parecido.

-¡Aaaaaaaraaaaaaaaaa!

Ella se sobresaltó aún más, saliendo del aturdimiento y la parálisis. ¿Ara? ¿Habría querido decir Clara? ¿Explicaba esto de alguna manera la aparición de sus fotos, o el extraño símbolo ritual al que alguien había pegado una foto con sangre? Al menos le había servido para recuperar algo de compostura. El extraño ser se encontraba a menos de tres metros, tapando además su única vía de escape mientras seguía acercándose a paso lento. Miró a su alrededor, con los sentidos afilados por la adrenalina, y sus ojos se posaron en el extintor de latón. Lo levantó, cerciorándose de que era bastante pesado, y se mantuvo con los pies firmes mientras reunía valor. Cuando la cucaracha estuvo lo bastante cerca descargó un fuerte golpe sobre uno de sus brazos, que se partió con un crujido que le recordó a la cáscara de un centollo al quebrarse. El brazo quedó colgando inútil mientras chorreaba un líquido blanquecino, como las tripas de las cucarachas que había aplastado. La criatura retrocedió un paso, agitándose de dolor mientras gritaba en un tono mucho más agudo. Clara aprovechó para propinar un terrible golpe descendente sobre su cabeza de insecto hipertrofiado. Para su horrorizada sorpresa, la cabeza se desprendió y cayó al suelo, salpicando a Clara con el repulsivo icor que llenaba el cuerpo del ser. El asco y el horror que esto le produjo no fue nada comparado con lo que sintió cuando se reveló lo que había bajo esa cabeza. Mientras la criatura se tambaleaba hacia atrás, decidiendo si morir o seguir viviendo, Clara vio que en lo que sería el cuello de la criatura, oculta bajo la cabeza que ahora había desaparecido, había un rostro que alguna vez había sido humano. Los rasgos estaban ahí, ojos, nariz y boca, pero aparecían deformados, estirados, como si se hubieran usado para cubrir un trozo de cuerpo mucho mayor del que le correspondía. Lo auténticamente atroz de la situación era que esa cosa seguía viva, y así lo manifestaban los movimientos en esa parodia de cara humana. Ahí estaba la boca que había hablado, y que ahora chillaba, bajo una nariz aplastada que chorreaba sangre. Pero lo peor, una vez más, eran los ojos. Dos ojos perfectamente humanos, de un azul que era casi blanco, y que la observaban llenos de sorpresa y miedo.

La cosa finalmente cayó de espaldas, y Clara no desaprovechó la oportunidad. Encendiendo la nueva linterna, echó a correr por la puerta abierta. Decidió que esta vez correría en línea recta, sin cambiar de dirección hasta que llegara a un camino sin salida. Tuvo que saltar varias veces el canal que recorría el centro de algunos túneles en su huida. Tras unos minutos, se detuvo a recobrar el aliento, y entonces oyó otro sonido, también familiar pero mucho menos bienvenido que el que producían las gotas de agua al caer en el suelo de piedra y los huesos. Aún lejos, podía escuchar el susurro de muchas patas de insecto. Cientos, probablemente miles de cucarachas blancas y carnívoras iban hacia ella. Volvió a emprender la carrera, aún más deprisa, espoleada por el miedo pero haciendo un titánico esfuerzo para no dejarse llevar por el pánico.

Escuchaba el ruido de sus perseguidoras cada vez más cerca, y empezaba a temer llegar a un callejón sin salida y quedar atrapada de forma irremediable para ser devorada por los insectos cuando vio una flecha dibujada con tiza en el suelo. Una de sus flechas, que marcaba la dirección hacia la salida. Hacia el mundo exterior, hacia la libertad. ¡Al fin! Por primera vez en lo que parecía que había sido una eternidad entre tinieblas, Clara creyó realmente que escaparía. Viviría para ver de nuevo la luz del sol. Con fuerzas renovadas por la esperanza, tomó esta vez la dirección correcta hasta que descubrió ante ella la abertura en el muro que conducía al sótano de su apartamento. Ya al límite de sus fuerzas estuvo a punto de dejarse caer mientras gritaba de júbilo. Sólo quedaban unos pasos y sería libre. Pasó por el agujero raspándose el cuero cabelludo con el filo del mortero entre dos ladrillos en su precipitación, pero apenas lo sintió. Ya sólo importaba salir de ahí.

Fue cuando llegó al pie de la escalera de madera cuando descubrió que algo iba rematadamente mal. Completamente presa del horror, comprobó que la trampilla estaba cerrada. Agotada, subió las escaleras arrastrándose con manos y pies, entre crujidos y protestas de la madera. Golpeó la trampilla con sus puños sin obtener ningún resultado. Podía escuchar a las cucarachas entrando en tromba por el agujero en el muro, ya dentro del sótano, como una marea desbordada al romperse el dique que la contenía. Intentó entonces empujarla con su espalda mientras hacía fuerza con sus piernas, como cuando había hecho sentadillas en el gimnasio. El crujido de intensidad creciente de la madera hizo renacer sus esperanzas. Se dio cuenta demasiado tarde de que la madera que crujía era la de la escalera cuando un travesaño se rompió en una nube de polvo y astillas. Su pierna derecha quedó colgando en el vacío, mientras ella se golpeaba el costado y un largo trozo de madera astillada se hundía en la carne de su vientre, haciéndola gritar una vez más de dolor. Desangrándose, mientras sentía subir por sus piernas a las cucarachas que venían a devorarla, Clara arañó desesperada la superficie de la trampilla. Su último pensamiento, cuando los insectos cubrían su cuerpo, fue para el sueño que tuvo la primera noche que pasó en el piso. El sueño en que alguien rascaba esa trampilla desde abajo, intentando entrar en el apartamento.

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