El último día de clase

‒Marina‒dije, cuando ella apenas se había dado la vuelta, tras la breve despedida de siempre. “Nos vemos”, había dicho. “¿Pero cuándo?”, pensé yo. Acababa de terminar la última clase del último día del último semestre. El semestre que coincidí con ella, que me enamoré de ella. ¿Realmente volveríamos a vernos? Sólo de pensar en que no volvería a pisar esa aula, que ella no volvería a saludarme cada mañana con esa sonrisa luminosa, ya la echaba de menos, pese a que estaba a mi lado en ese momento.

Ella se detuvo, casi sobresaltada, y se volvió. Cualquiera diría que hubiera estado esperando que le dijese algo tras despedirnos. Sus ojos brillantes, interrogativos; su boca entreabierta en ese gesto burlón que había aprendido a amar en secreto en unos pocos meses. Aunque esa vez parecía haber algo distinto en él. ¿Sorpresa? ¿Anticipación? ¿Un poco de las dos cosas? No esperé a que respondiera. Crucé en dos grandes pasos la distancia que nos separaba, y la abracé. Su cuerpo, al principio rígido por la sorpresa, enseguida se relajó, y no tardó en rodearme con sus propios brazos. No sabría decir cuánto tiempo estuvimos así. Probablemente diez o quince segundos, o una eternidad. No me habría importado que así fuera. El tiempo suficiente, en cualquier caso, para que mi corazón, que latía desbocado al principio, fuese bajando el ritmo, acompasándose a los latidos de ella, que podía sentir en su cuello, en su pecho, en su espalda envuelta entre mis brazos. Había visualizado ese momento cien veces en mi cabeza, la mayoría de ellas la noche anterior, pasada en vela, construyendo fantasías. Fantasías que no tenía esperanza de convertir en realidad, de tan convencido como estaba que no tendría valor para hacerlo. Nunca lo tendría, pensaba. Y sin embargo ahí estaba, junto a ella, su cuerpo pegado al mío, sintiendo su respiración cálida en mi cuello.

Poco a poco nos separamos. Lo justo para poder mirarnos a la cara, los brazos aún entrelazados.

‒Dime‒dijo ella, otra vez la mueca burlona en su carita de ratón. Pero algo había cambiado. Sus ojos brillaban aún más que de costumbre, como si las lágrimas se agolparan en sus comisuras, pugnando por salir.

‒Nada‒respondí, riendo. –Sólo esto. El abrazo, digo‒ volví a reír, sintiéndome como un tonto balbuceante, incapaz de articular palabra. Pero un tonto feliz.

‒Pensaba que no lo ibas a hacer nunca.

‒Tenía miedo de no poder soltarte si lo hacía. Porque tenía miedo de que pudiera ser el último.

‒Tener miedo es normal. Como estar nerviosa‒dijo, riendo. –La cuestión es tener valor para dejarlo a un lado. Gracias por ser valiente.

Soltó mi brazo izquierdo, alzando su mano derecha hasta mi cuello. Me atrajo hacia sí, suavemente, mientras se ponía de puntillas y cerraba los ojos. Fue un beso fugaz, tierno, casi casto. Sus labios frescos, sensibles, se separaron enseguida de los míos, y volvieron a sonreírme. En sus ojos estaba toda la galaxia. Una estrella líquida, brillante, se derramaba del borde de cada uno de ellos, dejando un surco de argéntea humedad en su rostro de porcelana. Una gota, un océano en el que no tenía miedo de naufragar y perderme, porque en realidad ya lo había hecho. Estaba perdido. Pero era un náufrago feliz. Ella bajó de nuevo su mano derecha y la puso sobre mi corazón, que volvía a latir enloquecido.

‒También tenía miedo de esto‒reconocí. –De enamorarme de ti‒ dije, con una voz más temblorosa de lo que me habría gustado. ‒Aunque en el fondo sabía que ya lo había hecho. Estaba perdido desde el principio.

‒Tonto ‒contestó ella. –No tengas miedo. Espabila.

‒¿Cómo? –pregunté, sorprendido.

‒¡Espabila, tío!

Estábamos otra vez saliendo del aula, ella caminando a mi lado.

‒¿Qué te ha pasado? Estabas ausente. Como a mil kilómetros de aquí. ¡O más! Otra vez su sonrisa irónica, la de siempre, en esos labios que nunca había besado.

‒Nada, nada. He dormido fatal esta noche –fue lo primero que pude contestar, ahora que estaba terminando de aterrizar del todo. El viaje desde la otra punta de la galaxia, desde lejanos océanos de espacio y tiempo, había terminado de forma tan abrupta que aún me tomó unos segundos volver a la realidad.

‒Pues lo dicho, ¿no? ¡Nos vemos! –se despidió, como era habitual. La vi darse la vuelta y caminar por el pasillo, hasta perderse al girar la esquina. Había visualizado ese momento ciento un veces en mi cabeza, construyendo fantasías, fantasías que no habrían de convertirse nunca en realidad, de tan convencido como estaba que no tendría valor para hacerlo. Nunca lo tendría, ahora estaba seguro.

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