Relato: Némesis

No sabría decir si despertó, o simplemente adquirió conciencia. Tampoco el tiempo que había pasado desde la última vez, pero algo le decía que había sido mucho. La primera sensación en llegar fue el frío. No es que fuera algo que la preocupara en exceso. Al contrario, la caricia del viento contra la piel, el sentir cómo esa piel se erizaba, cada finísimo vello poniéndose de punta, la llenaba de vida. El suelo, también fresco, raspaba su piel desnuda de un modo que no era del todo desagradable.

Abrió los ojos a un mundo en blanco y negro. Pensó que así es como debían sentirse las criaturas recién nacidas cuando lo hacían por primera vez. La mitad superior del mundo era un rayo argénteo y cegador. La inferior era vacío, una sombra del negro absoluto. Poco a poco fue acostumbrando su vista, y empezó a percibir detalles mientras desentumecía su cuerpo agarrotado. Un muro de piedras pequeñas y regulares. Extraños símbolos pintados en el muro. Montones de lo que parecían papiros extendidos, sucios y desperdigados por todas partes, en una calle que partía por la mitad la línea de separación entre el sol y la sombra. No pudo evitar escandalizarse ante semejante derroche de un material tan valioso como el papel, pero prefirió seguir entregándose a la indulgencia de los sentidos y de un lento despertar después de un letargo demasiado largo. O de una no existencia demasiado prolongada. Alguien la había llamado, y ella respondió regresando al mundo de los hombres.

Comenzó también a percibir sonidos. Un murmullo lejano y constante de origen desconocido. Esporádicos bramidos de extrañas trompetas. El ladrido de un perro. Y voces. Muchas voces distantes, y una cercana. Aún no distinguía las palabras de ninguna de ellas.

Estiró los brazos, y luego las piernas. El suelo rugoso arañó su suave y nívea piel, pero tampoco le importó. Rodó hasta quedar bocarriba, y observó por un instante, extrañada, un cielo curiosamente gris a pesar de la ausencia de nubes. Se incorporó hasta sentarse, y vio que frente a ella había dos figuras. Pero por el momento no les prestó más atención. Miró sus brazos estirados, blancos y perfectos, salvo uno de sus codos arañado por el suelo. Se deleitó en la sensación de escozor por las rozaduras en codo y rodilla, y el cosquilleo de una gota de sangre que se deslizaba hasta el suelo, dejando un surco color carmín entre rodilla y corva. La piel con la tersura de la juventud, las largas piernas, el vello negro ensortijado donde ambas se unían.

Se levantó, y sintió un cambio en la postura de las dos figuras cercanas. Eran dos hombres, vestidos con extrañas ropas de colores tristes y apagados. Uno era joven y otro viejo. El joven parecía asustado, el viejo tenía la inconfundible mirada de la lascivia. Sus ojos recorrían el cuerpo desnudo de mujer. La punta de su lengua asomaba entre dos hileras de dientes podridos.

Volvió a escuchar el ladrido. Provenía sin duda de un perro grande, y estaba cerca, aunque aún fuera del alcance de su vista.

Ella miró sus pies descalzos. Levantó uno y dio un paso dubitativo. Era maravilloso. Perfecto. Su cuerpo era perfecto. Dio otro paso, más segura, y vio como el hombre joven daba a su vez un paso atrás. Su rostro era la viva imagen de la confusión. El otro hombre dio un paso a su vez, pero hacia adelante. Un hilo de saliva brotaba por la comisura de sus labios y llegaba a la barbilla, donde colgaba como una asquerosa estalactita balanceante. Sus intenciones estaban muy claras, marcadas inconfundibles en su mirada.

El viejo habló, dirigiéndose primero al hombre joven, luego a ella. La mayor parte de sus palabras aún le resultaban extrañas, pero poco a poco iba reconociendo algunas. El lenguaje, desconocido hacía apenas unos minutos, iba cobrando sentido en su cabeza.

‒… perdida en un sitio como éste? ‒decía el hombre viejo.

Seguía acercándose mientras hablaba. Unos pocos pasos más y alcanzaría a tocarla. Ella se preguntó cómo sería sentir las manos de él sobre su cuerpo. Por su aspecto, seguro que sería algo rasposo y áspero, como el suelo que había magullado su piel, pero mucho menos agradable. Sólo había que fijarse en su cara. No necesitaba seguir escuchando sus palabras para saber que era un hombre malvado.

Había seguido avanzando, mientras el otro hombre aún se debatía en la indecisión. Estaba ya al alcance de la mano. Ella no había vuelto a moverse desde aquellos dos primeros pasos. El hombre alzó su mano derecha y la posó sobre el suave hombro desnudo de ella. Áspero y desagradable, como esperaba. La lascivia dimanante la hizo arrugar su nariz como un olor desagradable. La otra mano agarró uno de sus pechos. La saliva golpeó el suelo. Entonces ella habló.

‒Ya has causado suficiente daño. Has roto el equilibrio, en el universo y en la vida de muchas mujeres. Ahora vas a recibir lo que mereces.

La suya no era una voz normal. Las palabras eran reconocibles, pues ella ya había identificado su lenguaje. Pero había algo profundo, inhumano en el sonido. Era una voz más antigua que los hombres, y que las piedras de la ciudad que los rodeaba. El viejo quedó paralizado, con los ojos desorbitados por el terror. El otro hombre cayó al suelo sobre sus posaderas, cubriéndose la cara con las manos.

Las mandíbulas del perro se cerraron como un cepo en la entrepierna del hombre viejo. Era un enorme perro de presa, que probablemente pesaba más que el propio viejo, pero nadie lo había visto llegar. El grito que profirió mientras caía derribado al suelo la hizo sonreír. Para el otro hombre, en cambio, tuvo el efecto de soltarle la vejiga. Ella se le acercó, sonriendo. Él se tapó los ojos, sollozando mientras temblaba de terror.

‒Tú no debes temer. Aún no, al menos‒le habló.

Puso una de sus suaves manos en el hombro de la chaqueta del joven, que respondió con un respingo, sin atreverse a mirar. El grito del viejo se convirtió en un gorgoteo húmedo de agonía cuando el perro le desgarró la garganta.

‒Estás a tiempo de enmendar tu camino, de equilibrar la balanza. Pero recuerda que he regresado, y seguiré tus pasos. Porque yo soy Némesis, diosa de la justicia y el equilibrio. Y si alguien pone en peligro el equilibrio universal, responderá ante mí.

Mucho rato después, él reunió el valor para apartar las manos y abrir los ojos. No había escuchado los pasos de la mujer al alejarse, pero ya no estaba allí. Tampoco el perro. Lo que sí estaba era el cuerpo destrozado de su compañero en medio de una enorme alfombra de sangre a medio secar. Se levantó de un salto y corrió hasta que sus piernas no pudieron más, decidido a frecuentar compañías más recomendables. Decidido a equilibrar la balanza.

Julio Squire. 9 de abril de 2022.

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