Relato: Una familia perfecta

Tema de la semana: Podrido

Como cada mañana, bajó las escaleras en dirección a la cocina, embelesado por el embriagador aroma del bacón y los huevos revueltos. Era un ritual, una sinfonía multisensorial que se repetía a diario en su vida perfecta: las suelas de sus zapatos produciendo un sonido sordo, amortiguado por la moqueta, mientras el olor del desayuno lo guiaba abajo como flautista a una rata. También como cada mañana, María estaba de espaldas, con sus manos afanadas en el fregadero. Él le dio los buenos días y un beso en la mejilla. Timmy contemplaba su tazón de cereales. Cástor, su Golden retriever, lo recibió moviendo la cola con frenesí.

—Buenos días a ti también, Timmy. ¿Qué tal llevas el examen de matemáticas de hoy?

Despeinó un poco el cabello pajizo de su hijo mayor en un gesto amoroso.

—Bien, ya sabes que no esperamos menos de un sobresaliente. Eres nuestro orgullo.

Se sentó frente al desayuno de cada mañana y abrió el periódico. Aspiró de nuevo el aroma del desayuno, pero esta vez notó algo más. Un olor diferente, que no debería estar ahí. Un fondo como a… podrido. Acercó la nariz al plato, pero no venía de la comida.

—¿Vosotros también lo notáis? Vale, vamos a ver qué encontramos.

Se levantó con una sospecha y se dirigió a la puerta del sótano, cerrada con llave. Al abrirla ya no hubo lugar a dudas sobre la procedencia del olor.

—Ay, pequeña mía. Pensaba que casi te tenía lista, que esta noche podrías dormir con papá y mamá. Pero algo ha hecho mal tu papá. Qué desgracia, pequeña Lucy.

Le hablaba a una pequeña figura que reposaba en una cuna de madera colocada en una esquina del amplio sótano, mayoritariamente ocupado por mesas de trabajo y estanterías de madera llenas de tarros de cristal, animales disecados y herramientas de todo tipo. El olor a formol se mezclaba con la podredumbre que había percibido desde la planta baja. Un gran horno presidía una de las paredes. Un pájaro blanco con cresta lo observaba con ojos de cristal desde una de las mesas.

Tomó a la criatura de la cuna y la acurrucó contra su pecho, con lágrimas en los ojos.

—No te preocupes, cariño. Pronto estarás de vuelta. Te prometo que la próxima vez saldrá bien.

Con un sollozo, la arrojó al horno y giró unas ruedecitas para encenderlo a plena potencia. Luego se sentó en un escritorio de madera vieja y abrió una agenda. Para hoy sólo tenía que terminar con la ninfa blanca y dejarla lista para enviársela mañana a su cliente. Calculaba que un par de horas de trabajo. Perfecto. Eso le dejaría tiempo para elegir a la mejor Lucy. Con una llave que colgaba de una cadena alrededor de su cuello abrió un cajón del escritorio, del que sacó otro libro con cubierta de cuero. Era también una agenda, pero diferente. Su censo particular de población de la ciudad. Como integrante de la Sociedad Histórica, nadie sospecharía de su fascinación por los datos censales y estadísticos. Sin embargo, su interés iba más allá de lo académico. Y ahora es cuando realmente le sacaría partido.

Extrajo un pliego en cuya primera página había escrito «0-1 años». Estaba ordenado por distritos, y dentro de cada uno de ellos por orden alfabético. Puso una señal en uno de los distritos más pobres de la ciudad para encontrarlo luego más rápidamente. Sólo buscaría en esas zonas. Era mucho más seguro, porque en realidad a nadie le importaba esa gente. ¿Alguien pensaba que la policía dedicaría el mínimo esfuerzo a la búsqueda del bebé desaparecido de una familia de diez miembros de un operario de fábrica? Hasta ahora nunca había tenido problemas con la justicia.

En cualquier caso, era una cuestión a la que tendría que dedicarse más tarde. Ahora tenía que ocuparse de su familia. Volvió a la cocina y echó los restos del desayuno en el plato de Cástor, que manifestó su alegría con otra sacudida de cola. Había perdido el apetito. Luego tomó a María en brazos y la subió hasta el dormitorio. Su cuerpo relleno de paja la hacía mucho más ligera de lo que había sido en una vida anterior. La tumbó en la cama, la tapó amorosamente con mantas y le dio un beso en la frente.

—Entiendo que estés disgustada por lo de Lucy, cariño. Pero no te preocupes, ya estoy trabajando para que nuestra pequeña vuelva pronto a casa. Tú descansa.

Luego puso a Timmy en un armario que cerró con llave.

—Que tengas un buen día en el cole, campeón. Te recogeré a las cinco, como siempre.

En un par de minutos más recogió los platos de la cocina y todo quedó impoluto, como a él le gustaba. Miró su reloj de pulsera: las nueve menos un minuto. Siempre puntual. Volvió a cruzar la puerta del sótano y cerró con llave desde dentro. Le esperaba una larga mañana de trabajo.

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