Acuerdo de usuario

Julio Squire, 2019.

I

Un gato se arrastraba, agazapado, sobre la barra de la cortina de la ducha. Paso a paso, muy despacio, iba ganando un centímetro tras otro, hasta que el inesperado resbalón de una pata trasera le hizo perder el equilibrio y quedar colgado con sus dos patitas delanteras de la barra, mientras las traseras, colgando en el vacío, pataleaban locamente. Finalmente la barra no pudo soportar tanto ajetreo y se vino abajo, entre bufidos del gato y cómicos sonidos de dibujos animados. John estalló en carcajadas y se llevó una patata frita a la boca, masticándola ruidosamente mientras se limpiaba los dedos grasientos en la pechera de su camiseta. A continuación apareció otro gato, éste con la cabeza atrapada en una caja de cartón, mientras andaba con paso errático, como un borracho, haciendo de tanto en tanto fútiles intentos de sacar la cabeza de su prisión. Sus pasos le condujeron al inicio de unas escaleras, que bajó rodando entre risas enlatadas y sonidos extraídos de alguna caricatura del Correcaminos. Esta vez John rio tanto que se le saltaron las lágrimas. El vídeo terminó, pulsó el botón de «Me gusta» y acto seguido lo compartió para sus más de ochocientos amigos virtuales. Introdujo la mano en la bolsa de patatas fritas, pero sólo quedaban unas pocas migajas, así que se relamió los dedos, volvió a limpiarse en la camiseta y decidió que era buen momento para decidir qué iba a cenar. Abrió su aplicación favorita de comida a domicilio y se detuvo a pensar un momento. «Pizza, hamburguesa, indio, griego, español… joder, siempre es lo mismo, está todo tan bueno que nunca puedo decidirme». Finalmente decidió pulsar la opción de echarlo a suertes. Es más, tenía tanta hambre que decidió echarlo a suerte dos veces. A fin de cuentas, era viernes, y no tenía más plan que pasar la noche en casa, con su teléfono, sus redes sociales y sus juegos en línea. Indio y griego sería, de acuerdo con el algoritmo de azar incluido en la aplicación. Agradeciendo la existencia de estas aplicaciones móviles, por no necesitar llamar por teléfono para encargar comida a domicilio, hizo su pedido y terminó la media pinta de cerveza, ya caliente, de un trago. Justo entonces apareció en pantalla la alerta por bajo nivel de batería, así que conectó el teléfono al cargador y lo dejó descansar un rato.

Se levantó del sofá, pensando qué podría hacer mientras llegaba la comida. Probablemente le daría tiempo de hacerse una paja, pero ya llevaba dos esa tarde, y la noche prometía ser larga, como todas las noches de viernes. Levantó un brazo como comprobación y la respuesta le llegó en forma de hedor desde su sobaco. ¿Cuándo se había duchado por última vez? En general no lo hacía si no necesitaba entablar contacto directo con humanos (por suerte los olores aún no eran transportados por la red, y tenía tapada la cámara de la webcam integrada en su ordenador portátil con cinta adhesiva, con lo que su falta de higiene y de orden no eran objeto de escrutinio por parte de terceros), y, de eso estaba seguro, hacía al menos tres días que no salía de casa. Era uno de esos afortunados que podía trabajar desde su domicilio. En su caso, era técnico y moderador de un enorme foro de contactos y citas por internet, que movía una sorprendente cantidad de dinero al año. Era sin duda el trabajo de su vida. No le daría para ser millonario y tener una mansión con piscina, pero tampoco habían sido nunca esos sus anhelos. Él era mucho más modesto, y sería feliz mientras pudiera pagar su pequeño apartamento y no le faltara comida, cerveza y conexión a internet de alta velocidad. Y cuanto menos contacto hubiera de tener con personas, mejor que mejor. En ocasiones transcurrían semanas en que sólo hablaba directamente con los repartidores de comida a domicilio, o los mensajeros que le traían algún juguetito nuevo. El último había sido el teléfono móvil que ahora estaba disfrutando, un último modelo de la compañía A-Live: una preciosidad con pantalla de 7 pulgadas, 16gb de memoria RAM, medio terabyte de capacidad de almacenamiento, y un procesador que al menos triplicaba en potencia y velocidad a los de la competencia. Y todo por un precio muy reducido, menos de la mitad que los del resto de terminales de gama similar. Estaban agotados en todas partes, por lo que se sentía afortunado de tener el suyo. Todo había sido gracias a su trabajo y sus contactos en la industria de Internet, de los cuales estaba especialmente orgulloso.

        Se metió en la ducha, desnudo, y no pudo reprimir una mueca al mirar abajo, hacia su redondeada y creciente barriga. Tuvo que hacer un esfuerzo de aguantar el aire y encogerla al máximo para poder verse el miembro, apenas un patético gusanito arrugado asomando flácidamente entre un bosque de espeso vello negro y rizado. Se le ocurrió que podría meneársela una vez más bajo la ducha, uno de los pocos placeres que le quedaban que no tuvieran nada que ver con pantallas e internet (al menos hasta que instalara una pantalla hidrofóbica o se atreviese a confiar en el tratamiento sumergible que supuestamente tenían los nuevos teléfonos móviles), pero descartó la idea, pues a veces al masturbarse tendía a abstraerse y dejar pasar el tiempo, y no quería arriesgarse a que llegara el repartidor de comida mientras él disfrutaba bajo el agua. Al terminar, envolvió su voluminoso cuerpo en un albornoz lleno de lamparones. No perdió el tiempo en secarse o peinar el escaso cabello que le quedaba, pues estaba deseando volver a coger el teléfono.

       

II

 Se dejó caer de nuevo en el sofá y cogió el móvil. Había leído en algún sitio que no era recomendable usarlo mientras estaba enchufado, que tendían a sobrecalentarse y podían dar problemas, pero nunca había hecho caso a tales consejos. ¿Cómo se suponía que iba a aguantar las dos o tres horas que podía tardar en cargarse completamente? ¿Leyendo un libro? Rio ante su ocurrencia, y volvió a entrar en su red social favorita, a ver qué novedades se habían producido durante el escaso tiempo que pasó alejado de ella. ¿Otra vez el vídeo de gatos? Desde luego se estaba haciendo viral, pero ya había reído suficiente la primera vez que lo vio. En ese momento le llegó la notificación de una nueva solicitud de amistad. Saya Khalisa, decía llamarse, y salía en primer plano en su foto de perfil, sonriendo con unos labios gruesos y sensuales. Era sin duda una chica muy guapa. Tanto, que saltaba a la vista que era un perfil falso, de los millones que había en toda red social con el único objetivo de recabar datos de incautos y venderlos a multinacionales. Pero total, tampoco perdía nada por echar un vistazo a su perfil. Tenía muchos vídeos y fotos, pero por desgracia sólo eran visibles para los contactos que aceptaban su petición de amistad. Decidió que, en cualquier caso, tampoco tenía nada que ocultar, por lo que cedió a la curiosidad, aceptó la solicitud y comenzó a navegar entre la información. La mayoría de fotos mostraban a la tal Saya, una chica india (o al menos eso parecían indicar sus rasgos y otros datos que se deducían de sus fotos, como imágenes de diferentes dioses del panteón hindú entre la decoración) que vivía en Nueva York. No había nada abiertamente erótico en ellas, más allá de su belleza. Decidió entonces ir a por los vídeos. El primero de ellos mostraba a Saya bailando en una coreografía que trajo a su mente de inmediato lo que conocía del cine de Bollywood. Quedó prendado enseguida de su manera de moverse, elegante y sinuosa, como fluyendo, mientras sus anchos pantalones y su camisa colorida parecía ondear como agua a su alrededor. El siguiente vídeo ya fue demasiado para él. En él la chica aparecía vestida con unos shorts de licra y una suerte de sujetador deportivo, que dejaba a la vista tanto un abdomen liso y perfecto como el nacimiento de unos pechos redondos y firmes. Comenzando por el saludo al sol, el vídeo se prolongaba durante veinte minutos de práctica de yoga. Lo que debía ser una inocente demostración deportiva, el cuerpo de Saya lo convertía, en ojos de John, en el mayor despliegue de erotismo que había visto. No le sorprendió ver su erección asomando entre los pliegues del albornoz. «Mira, a la mierda, no lo aguanto más. Si el repartidor llega ahora y tiene que verme con la polla dura asomando por la bata, le dejaré propina por las molestias y todos saldremos ganando», pensó, mientras pasaba el teléfono a su mano izquierda y comenzaba a acariciarse con la derecha, muy despacio al principio.

En el siguiente vídeo Saya aparecía como monitora en una clase de aerobic. Una indumentaria parecida a la del anterior mostraba lo suficiente como para excitar aún más a John, esta vez con sus atractivas formas saltando y meneándose al elevado ritmo del ejercicio. Su mano derecha fue ganando velocidad a la vez que su fogosidad aumentaba. De repente, cuando apenas le faltaban unas sacudidas para alcanzar el clímax, el vídeo se congeló. Poco a poco, bajó el tempo de su masturbación, esperando que el móvil recuperara la conexión, pero ésta no parecía volver. Tras un par de minutos, y con un suspiro de irritación, volvió a tomar el teléfono con su mano derecha, sintiendo cómo la erección comenzaba a remitir, y comprobó que, en teoría, el terminal recibía bien la señal inalámbrica. Abrió la pantalla de configuración para ver qué podía estar fallando, y entonces la pantalla volvió a congelarse. Esta vez no debía ser de la conexión, pues todo el teléfono dejó de responder. Decidió hacer un reset siguiendo el método de pulsar dos botones determinados a la vez durante cinco segundos, pero sólo consiguió que la pantalla se llenara de píxeles al azar y caracteres extraños.

‒Puta mierda de tecnología coreana, no me extraña que este cacharro sea tan barato ‒dijo para sí mismo, cada vez más furioso‒. Responde de una vez, me cago en la puta.

Pensó en abrirlo y sacar la batería para reiniciarlo, pero cayó en la cuenta de que, en general, los terminales más modernos eran todos de una pieza, con la batería integrada, y no había manera de abrirlos sin forzar la carcasa y probablemente estropearlos, además de quedarse sin garantía por violar el acuerdo de usuario. Exasperado, apretó todos los botones a la vez, y entonces, por un momento, el móvil pareció reaccionar. Apareció fugazmente el precioso rostro de Saya, pero en menos de un segundo quedó desfigurado por toda clase de extrañas letras y enormes cuadros de colores verdes, blancos y negros. Con un grito de ira, lanzó el teléfono contra la pared, donde fue a estrellarse con un fogonazo y algo que, al menos así le pareció, sonó demasiado parecido a un lamento agudo, como el que haría un animalito pequeño al ser aplastado. «¿Pero qué cojones?»‒ pensó John. «Eso ha debido ser mi imaginación, ¿verdad?». Una pequeña nube de humo gris surgía del teléfono caído, indicando que el impacto debía haber dejado bien fritos algunos circuitos en su interior. Entonces cayó en lo que había hecho, en lo valioso del aparato que acababa de destrozar, y empezó a lamentarse dándose golpes en la cabeza.

‒Idiota, idiota, idiota, puto gordo idiota, mira lo que has hecho. Seguro que tenía solución, que no era nada. Ahora a ver cuánto tiempo vas a estar sin un teléfono móvil en condiciones, puto imbécil. Que los A-Live están agotados al menos hasta dentro de tres o cuatro meses.

Se acercó al lugar donde yacía el teléfono roto, pero se detuvo en seco al observar algo extraño. De debajo del aparato empezaba a crecer lo que se parecía sospechosamente a un charco de sangre. Casi aparentaba ser un cadáver recién asesinado, bocabajo, perdiendo poco a poco el fluido vital, que se extendía, despacio, a su alrededor. «Pero ¿qué coño?», pensó. Suponía que un teléfono móvil debía tener algún tipo de fluido en su interior: mercurio, coltán, o alguna de esas mierdas. Pero lo que estaba viendo se asemejaba demasiado a la sangre. Se encaminó entonces al mueble bajo el fregadero, y volvió al salón con un par de guantes de goma, de los que supuestamente se usaban para fregar, cosa que él nunca hacía, y que debía haber dejado allí dentro un inquilino anterior del apartamento. Con paso cauteloso volvió a aproximarse al móvil, como si temiera que fuera a cobrar vida de repente, o que algo de ese líquido desconocido fuese a salpicarle. Desde cerca, el parecido con la sangre era aún más notorio. Incluso creía apreciar un ligero olor metálico, aunque quiso atribuirlo a la nubecilla de humo que ya se había extinguido. Sin embargo, por más que quisiera convencerse a sí mismo, sabía perfectamente que ese olor no se correspondía con el de un circuito o componente electrónico quemado, ese olor familiar que siempre le recordaba a las tardes jugando al Scalextric durante su infancia. Centímetro a centímetro, asustado sin saber bien por qué, fue descendiendo, agachándose junto al teléfono quebrado, estirando una mano enguantada. Casi lo rozaba cuando un agudo timbrazo le hizo dar un respingo con el que a punto estuvo de golpear la lámpara del techo.

‒¡JODER! – gritó, alejándose del móvil y el extraño charco a grandes saltos.

Desde la otra punta de la habitación, con el corazón desbocado brincando en su pecho a un ritmo peligroso para un hombre de su corpulencia, fue poco a poco cobrando consciencia de lo que había pasado. El telefonillo. Uno de los repartidores de comida a domicilio estaba aquí. Riéndose de su propia estupidez, pulsó el botón de apertura y esperó junto a la puerta encajada del apartamento, mientras se quitaba el guante y se recomponía la bata, aunque ya no quedaba ninguna erección que ocultar.

No hubo propina para el repartidor. No le quedaba ningún hambre en absoluto después de lo ocurrido con su teléfono, así que dejó el par de bolsas que trajo el repartidor sobre la mesa de la cocina, sin pararse siquiera a abrirlas, y volvió al salón. Se puso el guante de goma una vez más y, esta vez con más decisión, se agachó y tomó el teléfono. La parte trasera estaba bastante intacta, con la excepción de una abolladura en una esquina de la carcasa metálica. Al darle la vuelta comprobó que la frontal estaba mucho peor. La pantalla había estallado en mil pedazos, aunque la lámina del sensor táctil la mantenía unida al cuerpo del aparato. La esquina superior derecha estaba sin embargo ligeramente despegada, y por ahí parecía derramarse el extraño líquido rojo. Lo acercó a su nariz para olerlo con más atención. Olía, sin duda, a sangre. «¿Cómo es posible? Debe ser alguna porquería sintética, algo para la conductividad o una cosa de esas, que por lo que sea termina oliendo de este modo», se dijo, no del todo convencido. Llevó el teléfono a la mesa del salón, alejado de su cuerpo, como quien manipulara una serpiente venenosa, dejando un pequeño reguero de gotas rojas por el camino. Lo soltó allí, asqueado, y fue a buscar un guante para su otra mano y algunas herramientas. Volvió con ambas manos enguantadas, un destornillador y un cuchillo.

‒Bueno, en cualquier caso el cacharro no volverá a funcionar, y la garantía la he jodido. Ahora no voy a quedarme con la curiosidad, ¿no? –se dijo en voz alta, como si quisiera convencerse de que lo que iba a hacer era lo correcto.

El destornillador era demasiado grueso, así que introdujo el cuchillo bajo la esquina levantada de la pantalla para hacer palanca. Fue clavándola más y más, con mucho cuidado de no entrar en ángulo oblicuo para no dañar lo que hubiera debajo. Cuando vio asomar la punta del cuchillo por el extremo izquierdo del aparato giró la muñeca, y la mitad superior de la pantalla se desprendió sin esfuerzo, cayendo sobre la mesa y dejando allí marcas de sangre. Debajo sólo veía una especie de carcasa protectora de plástico duro y gris. Esperaba chips, circuitos y cosas del estilo, que suponía estarían bajo esa otra carcasa. Lo atribuyó a una configuración de seguridad a prueba de golpes. «Pues de mucho no ha servido», pensó, con una media sonrisa carente de humor. Por la esquina superior izquierda del bloque, donde podía verse el logotipo de A-Live, una pequeña grieta dejaba escapar el líquido semejante a sangre, que ya empezaba a secarse en algunos puntos. «O a coagular». Pensó que, fuera lo que fuese, en cualquier caso estaría bajo ese cuerpo de plástico, y la curiosidad ya era demasiado fuerte como para dejarlo correr. Haciendo palanca con el cuchillo, con cuidado de no dañar la capa de debajo, terminó de arrancar la pantalla, y vio que, en la parte inferior de la carcasa interna, había una especie de piloto rojo, que parpadeaba a intervalos regulares de unos dos segundos. «¿Y esto? ¿Una especie de alarma o indicador de algún tipo? Quizás es para indicar que algo va mal en el aparato. Pero entonces no tendría sentido que estuviera dentro, donde no puede verse, ¿verdad?».

Volvió a coger el teléfono con la mano derecha y lo sostuvo sobre la izquierda, volteándolo a ver si se desprendía el cuerpo interior, como ocurría con los teléfonos móviles de batería extraíble, pero no fue así. Estaba unido de algún modo a la parte trasera. Lo dejó de nuevo en la mesa, tomó el cuchillo una vez más, y fue pasando la punta afilada alrededor del cuerpo plástico, entre éste y la carcasa exterior, buscando un punto adecuado donde hacer palanca. Parecía más fácil hacerlo por la parte de abajo, así que, con suma atención, y toda la meticulosidad de la que era capaz, lo introdujo todo lo que pudo, sujetando la parte superior del teléfono con la mano izquierda, y entonces giró muy despacio la muñeca derecha para intentar separarlo. Apenas lo hizo un par de milímetros cuando un chorro del líquido salió del espacio dejado, salpicando la mesa y el suelo de moqueta más allá. A la vez, volvió a escuchar el extraño sonido, una especie de lamento o quejido muy agudo, ahora con más claridad. Maldiciendo, John dio un salto hacia atrás, chocando con violencia contra el sofá y haciendo que éste golpeara la pared.

‒¡Mierda! Pero, ¿qué? ¿Qué mierda es esto, joder? ¿El puto teléfono está sangrando y chillando?

Observó que el piloto luminoso parpadeó más rápido durante unos segundos, y entonces se apagó de forma definitiva. Le vino a la mente el final de la película Terminator, cuando se apagaba el ojo del robot asesino. «¿He matado a mi teléfono o qué cojones? Pero ¿qué está pasando aquí, Dios mío?». Cuando recuperó un poco la compostura, respirando hondo, consiguió reunir presencia de ánimo suficiente para volver a coger el cuchillo y encontrar la explicación a esto. Porque debía haber una explicación lógica. «¿Un teléfono móvil que chilla y sangra? Por favor», pensó, ya con poca confianza. Clavó el cuchillo en el hueco que había quedado abierto, ahora con menos miramientos, hasta el fondo, e hizo palanca girando a izquierda y derecha hasta que la carcasa trasera se desprendió por completo. Brotó más fluido rojo. La parte interna del cuerpo exterior trasero estaba completamente manchada de lo que parecían coágulos de sangre. Haciendo de tripas corazón, dio la vuelta a la carcasa interior y, horrorizado, la dejó caer sobre la mesa ahogando un grito. Carne. Carne y sangre. Dentro del aparato no había chips, cables y circuitos, como esperaba encontrar. O más bien, no sólo había componentes electrónicos. El interior del teléfono era orgánico, como un cuerpo de animal por dentro. Chips y cables pequeños surgían aquí y allá, mezclándose de alguna manera con partes orgánicas que aún palpitaban ligeramente. Lo peor de todo estaba en la mitad del tercio superior del aparato, en el lugar que, externamente, se correspondía con la cámara de fotos. Allí un pequeño ojo, de aspecto humano, pero de tamaño muy inferior y de forma aplastada, como de platillo o de ojo de pez, aún se agitaba de cuando en cuando, de modo espasmódico. Finalmente dejó de moverse a la vez que el resto de carne cesó su palpitar, en lo que supuso una suerte de espasmo final. La pupila del ojillo se detuvo fija en él, como si quisiera culparle de su muerte.

‒Esto no puede estar pasando, joder ‒dijo John, mientras se levantaba del sofá y, asqueado, se quitaba los guantes manchados de sangre y los lanzaba al cubo de basura. Estuvo lavándose las manos y la cara durante al menos cinco minutos, mientras no paraba de repetirse que esto no podía ser real, que estaba soñando o bien teniendo visiones por no salir de casa en tantos días. Sí, un poco de aire fresco le vendría bien. Es más, estaba convencido de que, ahora que había recobrado un poco la calma, seguro que volvía al salón y comprobaba que dentro del teléfono destrozado sólo había cosas electrónicas, el plástico y el silicio de siempre.

III

Con paso tembloroso, salió del cuarto de baño y, cuando asomó a la puerta del salón, la realidad lo sacó violenta y repentinamente de sus ensoñaciones de normalidad. Allí estaban las manchas de sangre y el extraño amasijo de carne y circuitos del móvil, con su ojo muerto en el centro. La incredulidad dio paso a una sensación de urgencia, impulsada en su mayoría por la repulsión, y también por la incertidumbre. ¿Qué debía hacer ahora con esa porquería que yacía en su mesa? ¿La tiraría a la basura y se olvidaría de ella, como si no hubiera ocurrido nada extraño, como si desechara un electrodoméstico cualquiera más? ¿Debería avisar a alguien, difundirlo en las redes sociales, su auténtico dominio? Se le ocurrió que probablemente todo el mundo pensaría que era uno de los miles de bulos que circulaban a diario por la red. No, no quería convertirse en un maldito magufo más. Pero entonces, ¿qué? De forma sorprendente, darle vueltas a la cabeza estaba teniendo el efecto de despertar su apetito, aun a pesar del grotesco espectáculo que había tenido lugar en su salón. La comida ya estaría fría, pero no le importaba, lo calentaría todo un poco en el microondas, comería allí mismo en la cocina (la mesa del salón estaba descartada por motivos obvios) y luego decidiría qué hacer con el cadáver (no podía evitar empezar a pensar en él en esos términos) de su teléfono.

Abrió las bolsas de reparto, cayendo en la cuenta de que sólo había venido un repartidor, cuando él había hecho dos pedidos. Justo cuando sacaba un par de envases de poliestireno de una de ellas llamaron a la puerta del apartamento. No al telefonillo de la calle, ni al timbre, sino golpeando directamente la madera con los nudillos. «Qué raro», pensó, dando por hecho que sería el otro repartidor. «Será que algún gilipollas se ha dejado la puerta de la calle abierta. Pero, ¿por qué no habrá usado el timbre? ¿Tendrá miedo de molestar?». Entonces reparó en que uno de los envases contenía pollo Tikka, y el otro un pan gyros de ternera. El mismo repartidor había traído la comida de los dos restaurantes. «Alguno de esos desgraciados externalizados que reparten y recogen cualquier mierda por medio pavo, recorriéndose la ciudad en bici o patinete mientras se dejan todo lo que ganan en cotizaciones y seguros de accidentes, seguro». Entonces se preguntó quién podría estar llamando, ya que no era el otro repartidor. Con los nervios de punta por todas las cosas extrañas que venían sucediendo esa noche, se acercó a la puerta con todo el sigilo que le permitía su envergadura y su evidente falta de agilidad. Sin atreverse a respirar, muy despacio, deslizó un poco la tapa de la mirilla con el dedo pulgar, y acercó el ojo derecho, centímetro a centímetro. Lo que vio al otro lado le provocó un involuntario respingo hacia atrás que lo hizo caer de espaldas, cuan largo era, mientras profería un chillido muy poco masculino. El ojo. El ojo del teléfono, moviéndose de un lado a otro, buscándole, estaba al otro lado de la mirilla. ¿Cómo era posible? El teléfono seguía en su sitio, comportándose como debía comportarse algo muerto. Entonces escuchó uno voz tras la puerta.

‒Me alegra que esté en casa, señor Macanan. ¿Le importaría abrirme para tratar con usted un pequeño asunto sobre su acuerdo de usuario?

Era una voz de hombre, ni grave ni aguda, meliflua y definitivamente humana. Voz de vendedor, o de encargado de atención al cliente.  Pero, ¿qué demonios decía sobre acuerdos de usuario? Se levantó despacio, sintiéndose ridículo por su reacción tras echar un vistazo a la mirilla. Aún así, no pudo evitar sentir reparos al volver a acercarse. Repitió la operación, deslizando suavemente la tapa y acercando su ojo derecho. Tal y como esperaba, y para su alivio, sólo era un hombre normal lo que había al otro lado de la puerta. Traje azul oscuro, camisa blanca, corbata azul. El pelo cuidadosamente peinado hacia atrás y la sonrisa que ocupaba toda la mitad inferior de una cara perfectamente afeitada le daban el impecable aspecto de agente comercial que encajaba como un guante con su voz. «¿Qué coño querrá este tío? No puede haberse equivocado, porque me ha llamado por mi apellido. En fin, vamos a verlo».

‒Espere, le abro‒ dijo John a la puerta.

Se ajustó el cinturón de la bata y abrió la puerta un palmo, no sin antes asegurar la cadena retenedora de seguridad. Aunque el tipo parecía completamente normal, él era un hombre precavido. Además, ¿no era un día y una hora un poco extraños para ir a su casa a tratar no sé qué gilipolleces de contratos de usuarios? El hombre esperaba con paciencia tras la puerta, y en cuanto pudo verlo directamente por primera vez, se dio cuenta de que algo andaba mal en él. Su aspecto, a primera vista, era el de el perfecto empleado de la sección de electrodomésticos de cualquier gran superficie, tal y como le había dado la impresión al otearlo desde la mirilla. Pero en sus ojos fallaba algo. El derecho, centrado en el propio John en ese momento, era de un color avellana de lo más corriente. El izquierdo, por su parte, lucía un tono azul desvaído, dando la impresión de ojo ciego. No era la heterocromía propia de un husky siberiano, tan poco común en las personas, pero no por ello del todo extraña. La de este tipo era algo siniestro. El ojo pálido, además, parecía moverse con vida propia de tanto en tanto. No como lo haría un globo ocular estrábico o un ojo vago, manteniéndose desviado, en una orientación ligeramente diferente a la de su compañero, o moviéndose despacio, casi como si quisiera escapar con disimulo. Éste lo hacía a intervalos irregulares, con espasmos que duraban un instante, para volver de inmediato a su lugar. Una vez más, John no pudo evitar pensar en el extraño ojillo que se ocultaba tras la lente de la cámara de su teléfono. «Joder, si es que hasta el color parece el mismo», se dijo.

‒Gracias por abrir, señor Macanan‒ dijo el extraño hombre, sin alterar su sonrisa de Jóker en ningún momento‒. Mi nombre es Berto, y vengo en nombre de la compañía A-Live‒ John casi esperaba ver una placa con su nombre en la solapa de la chaqueta‒. Verá, como imagino que usted bien sabrá, hace una media hora se produjo una manipulación anómala en su terminal telefónico marca A-Live. Si no me equivoco, un modelo LX‒700. Una preciosidad, pero como comprenderá, su disfrute está asociado al cumplimiento de determinados requerimientos legales. Simples formalidades, claro, pero que no podemos pasar por alto así como así.

‒¿Formalidades?‒ dijo John. No pudo evitar echar un vistazo fugaz por encima de su hombro, a la mesa del salón, donde el aparato reposaba, desangrado. Desde luego, una manipulación anómala se había producido, pero seguía sin comprender la presencia del tal Berto en su casa, y mucho menos la prontitud con la que había aparecido.

‒Sí, fíjese‒ contestó el hombre mientras deslizaba un larguísimo documento en la pantalla de una tablet que sacó de un bolsillo interior de la chaqueta‒. Aquí, en la cláusula quincuagésimo‒tercera, cito textualmente: «Queda terminantemente prohibida cualquier manipulación por parte del usuario que implique la violación del precinto de garantía, o la apertura por cualquier motivo del dispositivo. Cualquier apertura o reparación deberá ser efectuada por un agente oficial debidamente acreditado». ¿Lo comprende, señor Macanan?

‒Bueno, ¿y qué? ‒John intentó mostrar una seguridad que realmente no sentía. Todo estaba siendo demasiado extraño esa tarde‒. El teléfono es mío, lo he adquirido legalmente. Me da igual lo que diga en ese contrato. Digamos que es verdad que lo he manipulado. Bien, al carajo la garantía. Es mi puto problema, no el de A-Live. Con todos los respetos, claro.

‒Lo lamento, pero ahí se equivoca‒ contestó Berto sin perder la sonrisa en ningún momento. Sin embargo, por algún motivo, y pese a que en apariencia su aspecto no había cambiado un ápice, a John cada vez se le asemejaba menos a la sonrisa propia de un agente comercial. No, esa sonrisa la había visto antes en algún otro lugar. En el acuario. En la cara de un tiburón blanco‒. Mire, la cláusula adicional vigésimosegunda deja bien claro que cualquier incumplimiento contractual quedará sometido a la jurisdicción penal del Estado Soberano de Rapturia. Es una cláusula de sumisión expresa a una jurisdicción determinada que usted ha aceptado, como el resto del contrato, al pulsar el botón de aceptar del Acuerdo de Usuario, cuando inicializó por primera vez su terminal. Está muy claro, ya le digo, señor Macanan. Meridianamente claro, si me lo permite. Claro clarinete‒ dijo, mientras su ojo izquierdo parecía volverse loco por un momento, moviéndose como el rabo cortado de una lagartija.

«¿Claro clarinete? ¿De dónde ha salido este lunático?», pensó John, cada vez más nervioso y sumido en dudas. Eso no podía ser, ¿no? A ver, esos acuerdos de usuario sólo servían para cosas como la garantía y poco más. Además, una cláusula como la que refería su interlocutor debía ser abusiva o algo así, seguro que contraria a Derecho. Mientras pensaba, Berto apoyó una mano en el canto de la puerta, como si quisiera abrirla más y entrar, pero la cadena de seguridad se lo impidió.

‒Señor Macanan, ¿sería tan amable de dejarme entrar, para que podamos terminar de resolver este asunto tan incómodo? ‒la sonrisa, aún más ancha, mostraba unos dientes que parecían haber crecido, capaces de abrir a mordiscos un hueco en la puerta por el que pasar.

‒Claro, por supuesto‒ contestó John, a la vez que iba tejiendo un plan desesperado en su cabeza‒. Si me permite, voy a cerrar un momento para poder quitar la cadena de seguridad‒. El otro asintió con la cabeza.

John cerró la puerta, pero en lugar de deslizar la cadena de seguridad fuera de su pieza metálica para poder abrir, echó rápidamente el otro cerrojo y giró las llaves. A continuación anadeó más que corrió hacia la mesa, dispuesto a coger el teléfono para pedir ayuda, y se detuvo a mitad de camino para reírse de su idiocia. ¡El otro teléfono, el de prepago! ¿Dónde lo había guardado? Tenía un viejo teléfono de teclas, con tarjeta de prepago, que utilizaba para las pocas ocasiones en que necesitaba realizar alguna gestión de legalidad dudosa. Un par de veces lo había usado para llamar a prostitutas, y alguna más para hablar con un conocido que le proporcionaba marihuana las contadas noches en que el alcohol no le era suficiente para evadirse. Debía estar en un cajón de la mesita de noche. Se dirigió al dormitorio mientras escuchaba, a sus espaldas, unos golpes en la puerta que superaban con mucho lo que podía considerarse una simple llamada.

‒No lo complique más, señor Macanan. Estoy seguro de que podemos solucionar esto rápidamente y de forma civilizada‒ dijo Berto, mientras seguía golpeando, insistente, cada vez más fuerte.

John sacó de un tirón el cajón superior de la mesita de noche y empezó a buscar con desesperación. Aspirinas, carteras, un bote de crema hidratante, paquetes de pañuelos de papel. Ni rastro del teléfono de prepago. Arrancó el segundo cajón y metió las manos, hurgando entre ropa interior femenina y juguetes sexuales variados, pero el teléfono no aparecía. «Mierda, mierda. ¿Dónde lo habré puesto? ¿Por qué seré tan jodidamente desordenado? Piensa, gordo estúpido, piensa», se dijo, al borde de un ataque de ansiedad. Un golpe aún más fuerte sonó en la puerta de entrada. ¿Una patada? Parecía que el tal Berto estaba decidido a echar la puerta abajo, ya que sus argumentos no habían funcionado para convencer a John de que abriera.

‒¡Señor Macanan! ¡Abre la puerta, Johnny! ¡Sé bueno, caramba! ‒gritó Berto desde el pasillo.

«¡Ahora sí que estoy seguro, ese tipo está loco!», pensó John, desmoralizado. El tercer y último cajón tampoco guardaba el ansiado teléfono móvil. «¿Dónde, joder? ¿Dónde puede estar?». Otra patada a la puerta hizo vibrar todo el apartamento, haciendo incluso titilar un poco las luces. El maníaco de la compañía no se iba a dar por vencido, desde luego. De repente tuvo una idea. Salió disparado hacia el pequeño cuarto de baño, comprobando de camino, consternado, que el marco de la puerta de la calle amenazaba con saltar hacia el interior del apartamento de un momento a otro. Una de las molduras verticales se había despegado en su mitad superior y ondeaba, batiente, como si esperara otro golpe antes de desprenderse del todo. Multitud de grietas partían de todas partes alrededor del marco, haciendo que el polvo y pequeños trozos de pintura y yeso comenzaran a amontonarse en el suelo del umbral. Encendió la tenue luz fluorescente antes de entrar, y una vez allí se lanzó de cabeza al cesto de mimbre donde guardaba la ropa sucia en espera de pasar por la lavandería. Por desgracia estaba atestado, como siempre. Lo volcó y empezó a rebuscar entre la ropa que apestaba a calcetines sucios y humedad. La desesperación daba alas a sus manos, buscando el reconocible bulto del teléfono en bolsillos, pliegues y montones de ropa. Un estruendo proveniente del salón le hizo detenerse. Un golpe atroz, seguido del ruido de algo estrellándose en medio del salón. Al volver la vista pudo ver, en medio de una nube de polvo y serrín, que Berto había logrado su objetivo. Donde antes había una puerta ahora sólo quedaba un gran agujero rectangular que conectaba su apartamento con el rellano. La puerta de madera yacía en mitad de su salón, aplastando la mesa donde estaba el destrozado teléfono A-Live, el maldito teléfono, fuente de todos sus problemas. El empleado maníaco atravesaba el umbral en ese momento, dirigiéndose con paso firme hacia el baño, donde John se arrodillaba frente a una montaña de ropa sucia. Ya no sólo su ojo izquierdo, sino toda su cabeza se movía espasmódicamente, como si estuviera recibiendo descargas eléctricas. Sus manos estaban cubiertas de la sangre que manaba de sus nudillos, tras intentar derribar la puerta a puñetazos antes de emprenderla a patadas. John reaccionó a tiempo por una fracción de segundo. Se abalanzó sobre la puerta del cuarto de baño, que justo al cerrarse recibió la embestida de Berto. Cerró el pestillo a toda prisa, aunque era consciente de que esa puerta no resistiría tanto como la de entrada, mucho más sólida.

‒¡Johnny, abre la puerta, chico malo! ¡Tenemos que solucionar tu problemilla con la empresa! ¡Si me abres ahora, te prometo que haré un informe todo lo favorable que pueda! ‒dijo Berto desde el salón, apañándoselas para adoptar un tono a la vez dulce y amenazador.

John echó una última mirada desesperada al enorme montón de ropa que reposaba en el suelo gris de frías losas, y entonces su vista se dirigió a la ventana. Era apenas un pequeño ventanuco de ventilación que conducía a una escalera de incendios. Debía estar a más de metro y medio de altura, y no estaba seguro de caber por ella. ¿Qué debía hacer? Un nuevo golpe atronador en la puerta le hizo decidirse. Tampoco tenía más opciones, pensó con resignación. Abrió la ventana de un tirón, y con mucho esfuerzo, y apoyándose en la cisterna del retrete, comenzó a izar su enorme humanidad hasta la libertad. Otro golpe. La puerta no aguantaría mucho más. Sudando a mares, maldiciendo cada cerveza, cada bocado de más, cada día pasado sin hacer ejercicio, consiguió alzarse y pasar los brazos hasta los sobacos. «Voy a quedarme atascado aquí, mierda», pensó. Hizo un nuevo esfuerzo con las piernas, que de repente quedaron colgando en el aire. Escuchó entonces el sonido de la cisterna al estrellarse contra el suelo, la porcelana rompiéndose en mil pedazos. «Esto va a llevarse un buen pellizco de la fianza», se dijo entre risas histéricas. Agarrándose desesperado a las barras oxidadas de la escalera de incendios, sintiendo que cortaban la piel de sus dedos, que empezaban a sangrar, consiguió alzarse un poco más. Fue en ese momento cuando su barriga alcanzó el nivel de la ventana, y la fatalidad se abrió paso en su mente como un cuchillo caliente en mantequilla. Ahora sí, estaba atascado. Su descomunal barriga nunca pasaría por ese pequeño hueco. ¿Cómo había podido siquiera planteárselo? De forma irremediable, se echó a reír, hasta que las lágrimas rodaron por sus mejillas. Pensó en la imagen que se encontraría el psicópata al abrir la puerta, un hombre gordo atascado en la minúscula ventana, el sucio albornoz remangado dejando al descubierto unas piernas peludas y un trasero de colosal tamaño, y rio con más fuerza aún. En su enajenación, no escuchó el definitivo golpe contra la puerta del baño, ni a ésta abrirse con violencia hasta estrellarse contra la bañera, desportillando la porcelana. Apenas si sintió el pinchazo en su grueso muslo, que lo sumió en un instante en una negrura creciente, un descanso tan ansiado como placentero.

IV

Pudo sentir la luz cegadora antes de abrir los ojos, incluso antes de empezar a despertar. Sentía todo su cuerpo entumecido, los miembros dormidos. Las piernas ni siquiera parecían estar ahí. Intentó abrir los ojos, sólo un poco, pero la luz blanca aguijoneó sus retinas, inclemente. Entonces el brazo derecho empezó a despertar, acompañado de una sensación de quemazón que fue creciendo en intensidad a medida que recobraba la consciencia.

-Oh, parece que al fin despierta. Disculpe, voy a mover esta luz para que deje de molestarle ‒. Una voz de mujer, de sonido dulce, compasivo. Como debía sonar una buena enfermera, pensó.

Dejó de sentir el puyazo de la luz en sus párpados, y se aventuró una vez más a abrir los ojos. Los contornos borrosos fueron tomando forma poco a poco. Estaba en una habitación pequeña, con paredes de azulejos blancos cuadrados y techo también blanco. Una lámpara apagada, semejante a la de un quirófano, colgaba sobre su cabeza. La luz provenía de un par de tubos fluorescentes en el techo. A su lado estaba la mujer que había hablado un momento antes. No era una enfermera, comprobó; o al menos no vestía con uniforme hospitalario. Frunció el ceño y sintió un vuelco en el corazón al comprobar que vestía de traje. Traje azul oscuro, camisa blanca, corbata azul. El pelo peinado hacia atrás y recogido en una cola de caballo le daba un aspecto profesional. Salvo por la sonrisa, que apenas curvaba sus labios pintados de rosa, era la perfecta traslación a mujer de Berto, el maníaco que lo había atormentado en esa pesadilla tan extraña. Porque había sido una pesadilla, ¿verdad?

‒¿Dónde estoy? ¿Quién es usted? ¿Y por qué me arde el brazo derecho?

Intentó mover el brazo dolorido, pero algo se lo impidió. Comprobó, con espanto, que estaba atado a la cama con correas en sus brazos y piernas. Lo habían vestido con una especie de pijama de hospital, de color verde claro, que dejaba sus piernas al aire. Su brazo derecho estaba cubierto con un vendaje. Ella ensanchó su sonrisa, asemejándose, de modo indefectible, a la de un escualo. La de uno que jugaba con su presa, divertido, convencido de su victoria.

‒Aún está muy cansado, así que iremos poco a poco, pero ya se irá haciendo cargo de su situación ‒contestó la mujer‒. Permítame, en primer lugar, que me presente, señor Macanan. Me llamo Claudia, y soy ejecutiva de A-Live ‒el nombre de la compañía fue como un cuchillo de hielo en el pecho de John. El miedo, la ansiedad, la desesperación, reaparecieron de golpe‒. Estamos en una de nuestras instalaciones, en Rapturia.

Rapturia era un nuevo Estado, fundado apenas diez años antes. Una gran corporación, con participación de varias grandes multinacionales, adquirió un atolón en el Pacífico, y construyó una serie de plataformas de acero y hormigón a su alrededor, siguiendo el modelo de las plataformas petrolíferas, para ampliar su suelo útil. El poder fáctico del capital de todas esas empresas posibilitó que la comunidad internacional permitiese la constitución de un nuevo Estado, libre y soberano, reconocido por Naciones Unidas. No estaba al corriente de su actividad económica, ni de nada relacionado con políticas de ninguna clase.

‒Verá, señor Macanan. En segundo lugar, me gustaría pedirle disculpas por el comportamiento de Berto, el empleado que envió la compañía para recogerle. No sé qué pudo fallar en él. Fue ascendido a agente hace poco, después de varios años de servicio a la compañía. Pasó todos los tests con suficiencia, y se mostró estable. Parece que, después de todo, no estaba preparado para la presión de un trabajo de campo real y…

‒Espere, señorita ‒la interrumpió John, ya despierto del todo ‒. Esto es un error. ¡Qué digo error! Esto es una maldita locura. Soy ciudadano americano. No he cometido ningún delito. ¡Ustedes no tienen ningún derecho a tenerme aquí encerrado!

‒Se equivoca, señor Macanan. Usted incumplió el contrato que había suscrito con nuestra compañía, el cual en una de sus cláusulas establecía la sumisión de cualquier cuestión derivada de su incumplimiento a la jurisdicción rapturiana. Y aquí, en Rapturia, la manipulación indebida y no autorizada de tecnología de A-Live es un delito ‒su sonrisa creció aún más al ver la cara de consternación de John‒. Pero no se preocupe, nuestro Código Penal no contempla castigos como la cárcel, ni mucho menos la pena capital, para cuestiones contractuales como ésta. Verá, a partir de este momento, usted pasa a ser empleado de la compañía. En realidad ya lo es, desde el momento en que decidió abrir su terminal de teléfono, violando el acuerdo de usuario que aceptó voluntariamente.

‒¿Trabajar para la compañía? ¿Para A-Live? ‒preguntó John, incrédulo.

‒Así es. Desde ayer es usted uno más de nosotros. Incluso comprobará que el sueldo no está nada mal, cuando le sea transferida su primera paga semanal a la cuenta que hemos abierto a su nombre. Aunque como comprenderá, debemos guardar algunas precauciones. El tenerlo atado es la primera de ellas, pero sólo será algo temporal, una desagradable pero necesaria cautela, hasta que asimile esta nueva situación. Luego podrá moverse libremente por el territorio de Rapturia, de la que es usted nuevo ciudadano. Por desgracia, hasta que no termine esta primera fase y cambie su situación contractual, no podremos facilitarle un pasaporte. Pero deseamos de corazón hacer su estancia aquí lo más placentera posible.

‒¿Primera fase? No entiendo nada. ¿Cuando pase un tiempo podré irme de aquí? ¿Cuando ascienda en la empresa o qué coño? ‒observó un ligero, casi inapreciable, temblor en la sonrisa de ella al escuchar el exabrupto. «Para ser una zorra despiadada de la compañía, parece un poco sensible al lenguaje procaz», pensó John.

‒Así es. El propio Berto empezó así, en el escalafón más bajo. Con tiempo y mostrando su valía consiguió ascender hasta agente. Usted algún día podrá hacerlo también, no le quepa duda.

«Convertirme en un loco psicópata como el puto Berto, nunca pensé que llegaría tan lejos», pensó él, sonriendo sin humor.

‒Está bien ‒contestó John ‒. A riesgo de arrepentirme por no gustarme las respuestas, voy a hacerle la pregunta. ¿En qué consiste el trabajo de este escalafón inferior? Y, por el amor de Dios, ¿por qué me quema tanto el maldito brazo?

‒Creo que le gustará esta ironía: la respuesta a ambas preguntas es la misma ‒dijo Claudia, con una sonrisa abiertamente maliciosa. «Está disfrutando con esto, la hija de puta», pensó John ‒. Como habrá podido comprobar debido a su imprudente comportamiento, los terminales A-Live son un objeto de la más alta tecnología. Por primera vez hemos logrado un avance en la biotecnología que nos ha permitido la incorporación de materia orgánica como parte de un dispositivo electrónico de consumo. Por desgracia, esto trae un par de problemas, uno ético y otro biológico.

‒El ético puedo imaginármelo ‒contestó él ‒. A la gente no le gustaría saber que su teléfono está relleno de carne y sangre, y que la cámara con la que se hacen fotos a cada momento tiene un ojo real en vez de una óptica mecánica.

‒Así es, señor Macanan. Pero con el tiempo lo terminarían aceptando, si a cambio le ofrecemos una tecnología que haga sus vidas más felices a un precio asequible. La carne es más barata que silicio, y no se agota. El asunto legal aparejado al dilema ético no fue ningún problema: participan de A-Live un conglomerado de empresas tan importantes que ninguna nación querría ponerlo en su contra. El poder del dinero es demasiado grande, como ya sabe. Los Gobiernos aplican la vieja máxima de ojos que no ven…

‒Ya, corazón que no siente ‒terminó John la frase por ella ‒. No como mi puto brazo. ¿Qué me han hecho? ¿Por qué lo siento arder?

‒La respuesta a su pregunta es la solución a nuestro problema biológico. De índole tecnológica, en realidad ‒contestó la mujer, mientras empezaba a deshacer el vendaje del brazo de John ‒. Los nuevos tejidos orgánicos empleados en la construcción de los terminales son muy delicados. En una primera fase se intentó cultivarlos en laboratorio, crearlos de forma sintética y dejar que maduren en una solución artificial, pero fue un fracaso. Simplemente se secaban y morían. Así pasamos a la siguiente iteración, que resultó un rotundo éxito. Una vez creados, los tejidos que necesitamos se implantan en un organismo que hace de huésped, hasta que están suficientemente maduros y preparados para extraerlos y usarlos en el proceso de fabricación de los terminales. Ése, señor Macanan, es su primer trabajo aquí, en A-Live ‒dijo, mientras quitaba la última venda del brazo de John, dejando éste al descubierto. Él se incorporó todo lo que le dejaron sus ataduras, doblando el cuello, y no pudo reprimir un grito de horror cuando al fin alcanzó a ver su brazo derecho, y a comprender a qué se debía la sensación de quemazón. Él era el organismo huésped, y su brazo derecho, desde el codo a la muñeca, estaba cubierto de ojos. Pequeños ojos, de aspecto humano, pero de tamaño muy inferior y de forma aplastada, como de platillo o de ojo de pez, que se agitaban de cuando en cuando, de modo espasmódico.

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